David Copperfield (Charles Dickens) - pág.244
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-¡Oh, Dios mío, qué amabilidad! -exclamó miss Mowcher haciendo un pequeño esfuerzo para cubrir su ancha cara con su manita-. ¡Qué de mentiras y de patrañas hay en el mundo!
Esto nos lo decía a modo de confidencia a los dos, mientras la manita abandonaba el rostro y el bracito desaparecía de nuevo por completo en el bolso.
-¿Qué quiere usted decir, miss Mowcher? -preguntó Steerforth.
-¡Ja, ja, ja! ¡Qué plaga de farsantes! ¿No es verdad, hijo mío? -replicó la mujercita buscando en el bolso con un ojo en el aire y la cabeza de lado-. Miren ustedes -dijo sacando un paquetito- «recortes de las uñas del príncipe ruso... Príncipe Alfabeto revuelto», como yo le llamo, porque su nombre tiene todas las letras del alfabeto mezcladas.
-El príncipe ruso es uno de sus clientes ¿no es así? -preguntó Steerforth.
-Ya lo creo, hijo mío -replicó miss Mowcher-; le corto las uñas dos veces por semana, las de las manos y las de los pies.
-¿Y supongo que le pagará bien? -dijo Steerforth.
-Habla con la nariz, pero paga bien -dijo miss Mowcher-. Ninguno de vuestros petimetres se le puede comparar; estaríais de acuerdo si vierais sus bigotes, rojos por naturaleza y negros gracias al arte.
-Gracias al arte de usted, naturalmente -dijo Steerforth.
Miss Mowcher guiñó un ojo en signo de asentimiento.
-Se ha visto en la necesidad de enviarme a buscar; no podía por menos. El clima hace daño al tinte, y aquello podía pasar en Rusia; pero aquí no. Usted no ha visto en todos los días de su vida a un príncipe en el estado que yo le encontré, oxidado como un hierro viejo.
-¿Y es a él a quien llamaba usted un farsante hace un momento? -preguntó Steerforth.
-¡Oh! Es usted un chico muy avispado -replicó miss Mowcher moviendo la cabeza-. He dicho que todos en general somos unos farsantes, y le he enseñado como prueba las uñas del príncipe. Y es que, ¿ven ustedes? Las uñas del príncipe me sirven más en las familias que todos los talentos juntos. Las llevo siempre conmigo; son mi carta de recomendación. Si miss Mowcher corta las uñas a un príncipe, no hay más que hablar, dicen a todos. Se las doy a las jóvenes que, yo creo, las ponen en álbumes, ¡ja, ja, ja! Palabra de honor que todo el edificio social (como dicen estos señores cuando hacen discursos parlamentarios) no reposa más que sobre las uñas de príncipes -dijo aquella mujercita tratando de cruzar los brazos y sacudiendo su gran cabeza.
Steerforth reía de todo corazón, y yo también. Miss Mowcher continuaba moviendo la cabeza, que llevaba de lado, y mirando hacia arriba con un ojo mientras guiñaba el otro.
-Bien, bien -dijo golpeando sus rodillitas-; pero esto no son los negocios. Veamos, Steerforth, una exploración en las regiones polares y terminamos.
Escogió dos o tres de sus ligeros instrumentos y un frasquito y preguntó, con gran sorpresa mía, si la mesa era fuerte. Ante la respuesta afirmativa de Steerforth, acercó una silla, me pidió que la ayudara, y se subió con bastante ligereza encima de la mesa, como si fuera un escenario.
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