David Copperfield (Charles Dickens) - pág.243
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Estoy demasiado acostumbrada; eso debe ser, Steerforth. Y después de subir unas cuantas escaleras me cuesta tanto trabajo recobrar la respiración como si hubiera sacado un cubo de agua de un pozo. Vamos, que si me viese usted asomada a una ventana creería que era una mujer hermosa ¿no?
-No pienso otra cosa cada vez que la veo -replicó Steerforth.
-Vamos, cállese, perro -gritó la pequeña criatura amenazándole con el pañuelo con que se enjugaba el rostro-; ¡no sea usted impertinente! Pero le doy mi palabra de honor de que la semana pasada, estando en casa de lady Mithers... ¡Esa sí que es una mujer! ¡Cómo se conserva!... Pues mientras la esperaba entró míster Mithers en persona en la habitación donde yo esperaba a su mujer. ¡Vaya un hombre! ¡Cómo se conserva también! Y su peluca lo mismo, pues la tiene desde hace diez años; pues, como decía, míster Mithers se deshizo tan locamente en cumplidos, que temí verme obligada a llamar a la campanilla. ¡Ja, ja, ja! Es un pícaro muy simpático; es una lástima que no tenga principios.
-¿Y que iba usted a hacer a casa de lady Mithers? -preguntó Steerforth.
-Eso ya serían chismes, querido hijito -contestó ella volviendo a poner el dedo en la nariz con su guiño de ojos, como un duendecillo de inteligencia sobrenatural-. Eso no le importa. Usted querría saber si impido que sus cabellos caigan, o si le quito las canas, o si le cambio el color, o si le arreglo las cejas ¿no es así? Pues bien, querido mío; todo, todo lo sabrá usted cuando yo se lo diga. ¿Sabe usted el nombre de mi bisabuelo?
-No -dijo Steerforth.
-Walker, querido mío -replicó miss Mowcher-, y descendía de una larga línea de Walkers; así, yo heredo todos los estados de Hookey.
Nunca he visto nada comparable a los guiños de ojos de miss Mowcher de no ser el aplomo de miss Mowcher. Tenía una manera especial de inclinar la cabeza hacia un lado para escuchar cuando se le hablaba, levantando un ojo como las urracas, o cuando esperaba una respuesta a sus observaciones. Yo estaba tan sorprendido que la miraba fijo, olvidando completamente, mucho me temo, de las reglas más indispensables de la educación.
Había conseguido acercarse la silla, y hundiendo su bracito en el bolso varias veces sacó una cantidad de botellitas, de cepillos, de esponjas, de peines, de trozos de papel, de tenacillas y de otros instrumentos, que iba amontonando fuera. Se detuvo en medio de su ocupación para decir a Steerforth, con gran confusión mía:
-¿Quién es este señor?
-Míster Copperfield -dijo Steerforth-, que deseaba mucho conocerla.
-Pues la ocasión la pintan calva. Ya me parecía a mí que tenía ganas -dijo miss Mowcher acercándose a mí riendo, con su bolso en la mano- El rostro como un melocotón -dijo poniéndose de puntillas para llegar a mis mejillas-. Completamente tentador. Me gustan mucho los melocotones. Tengo mucho gusto en conocerle, míster Copperfield, se lo aseguro.
Le respondí que yo me felicitaba de haber tenido el honor de conocerla, y que el gusto era recíproco.
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