David Copperfield (Charles Dickens) - pág.241
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Yo admiraba la gracia y la delicadeza de sus movimientos y Steerforth parecía de la misma opinión mientras les mirábamos alejarse en la claridad de la luna nueva.
De pronto una mujer joven pasó a nuestro lado: era evidente que los seguía. No la habíamos oído acercarse; pero vi un momento su rostro delgado, y me pareció recordarla.
Iba ligeramente vestida y tenía el aire atrevido y la mirada perdida y un aspecto de mísera vanidad; pero por el momento no parecía pensar en nada; sólo tenía una idea en la cabeza: alcanzarlos. Como el horizonte se oscurecía a lo lejos no nos permitía ya distinguir a Emily ni a su novio, y la mujer que los seguía desapareció también sin haber ganado terreno sobre ellos. Después ya no vimos más que el mar y las nubes.
-Es un fantasma muy sombrío para seguir a esa muchacha -dijo Steerforth sin moverse- ¿Qué significa eso?
Hablaba en voz baja y con un acento que me pareció extraño.
-Le querrá pedir limosna -dije.
-Las mendigas no son raras aquí -dijo Steerforth-; pero es sorprendente que alguna haya tomado esa forma esta noche.
-¿Por qué? -pregunté.
-Sencillamente -dijo después de un momento de silencio- porque precisamente estaba yo pensando en algo semejante cuando ha aparecido; por eso me pregunto de dónde diablos podrá haber salido.
-De la sombra que proyecta esta tapia, supongo -dije señalando un muro que seguía el camino en el que acabamos de desembocar.
-En fin, ya ha desaparecido -respondió mirando por encima de su hombro-. ¡Ojalá la desgracia desaparezca con ella! Vamos a comer.
Pero lanzó una nueva mirada por encima de su hombro hacia la línea del océano que brillaba a lo lejos, y repitió muchas veces aquel movimiento. Todavía murmuró algunas palabras entrecortadas durante el resto de nuestro camino, y no pareció olvidar el incidente hasta que se encontró sentado en la mesa al lado de un buen fuego y a la claridad de las velas.
Littimer nos esperaba y produjo sobre mí su efecto acostumbrado. Cuando le dije que esperaba que mistress Steerforth y miss Dartle siguieran bien, me respondió en un tono respetuoso (y naturalmente respetable) que me daba las gracias, que estaban bastante bien y que me saludaban. No me dijo más y, sin embargo, me pareció que decía claramente: «Es usted muy joven; es usted extraordinariamente joven».
Casi habíamos acabado de comer cuando dio un paso fuera del rincón desde donde vigilaba nuestros movimientos, mejor dicho los míos, y dijo a Steerforth:
-Perdón, señorito; miss Mowcher está aquí.
-¿Quién? -preguntó Steerforth con sorpresa.
-Miss Mowcher, señorito.
-¡Vamos! ¿Y qué ha venido a hacer aquí? Y-dijo Steerforth.
-Parece ser, señor, que es de esta región. Me han dicho que todos los años da una vuelta profesional por este lado. La he encontrado en la calle esta mañana, y me ha preguntado si podría tener el honor de presentarse aquí después de comer el señorito.
-¿Conoces a la gigante en cuestión, Florecilla? -me preguntó Steerforth
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