David Copperfield (Charles Dickens) - pág.235
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Según recuerdo, era más de media noche cuando nos despedimos. Nos habían dado algunos dulces y pescado seco para cenar, y Steerforth había sacado de su bolsillo una botella de ginebra holandesa, que fue vaciada por los hombres (ahora puedo ponerme entre los hombres sin ruborizarme). Nos separamos alegremente, y mientras ellos se amontonaban en la puerta para alumbrar nuestro camino el mayor tiempo posible, vi los dulces ojos azules de la pequeña Emily mirándonos desde detrás de Ham y le oí que nos decía con su dulce voz: «¡Tened cuidado!».
-¡Qué chiquilla tan encantadora!; es una verdadera belleza -dijo Steerforth cogiéndome del brazo-. Es un sitio de lo más original y una gente de lo más curiosa; y las sensaciones que se tienen con ellos son completamente nuevas.
-Y además, qué suerte hemos tenido -respondí- llegando en el momento de su alegría ante la perspectiva de ese matrimonio. ¡Nunca he visto gente más maravillosa! ¡Qué delicia verlos y tomar parte en su honrada alegría, como lo hemos hecho!
-Pero el muchacho es un lerdo al lado de la chiquilla, ¿no te parece? -dijo Steerforth.
Había estado tan cordial con él y con todos ellos, que sentí como un golpe ante aquella inesperada y fría réplica. Pero volviéndome rápidamente hacia él y viendo una sonrisa en sus ojos, contesté tranquilizado:
-¡Ah, Steerforth! Es muy tuyo el bromear a costa de los pobres y pelearte con miss Dartle para ocultar tus verdaderas simpatías. Te conozco muy bien, y cuando veo lo perfectamente que los comprendes, lo exquisitamente que tomas parte en la alegría de un pobre pescador como míster Peggotty, o en el amor por mí de mi antigua niñera, sé que no hay una alegría ni una tristeza ni una sola emoción de esta gente que te deje indiferente, y te quiero y te admiro por ello, Steerforth, veinte veces más.
Él se detuvo, y mirándome a la cara dijo:
-Florecilla, creo que hablas con sinceridad y que eres bueno. ¡Ojalá todos fuéramos así!
Un momento después cantaba alegremente la canción de míster Peggotty, mientras recorríamos a buen paso el camino de Yarmouth.
CAPÍTULO II
LUGARES ANTIGUOS Y GENTE NUEVA
Steerforth y yo permanecimos más de quince días en el campo. Estábamos bastante tiempo reunidos (no necesito decirlo), pero a veces nos separábamos durante algunas horas. Él era muy buen marinero; en cambio yo no lo era, y cuando Steerforth se iba en el barco con míster Peggotty, lo que era su diversión favorita, yo, por lo general, permanecía en tierra. Mi residencia en casa de Peggotty también me ataba algo, pues sabiendo lo asiduamente que atendía a Barkis durante el día, no me gustaba hacerla esperarme por la noche; mientras que Steerforth, como vivía en el hotel, no tenía que consultar más que su propio humor. Así, llegué a saber que después de que yo estuviera en la cama, armaba pequeñas cuchipandas con los pescadores y con míster Peggotty en la taberna que se llamaba «La gustosa afición» y que se vestía de marinero para pasar la noche en el mar a la luz de la luna, volviendo con la marea de la mañana.
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