David Copperfield (Charles Dickens) - pág.233
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¿Si me parece bien? -dice míster Peggotty alzando la cabeza en éxtasis ante la idea-. ¡Dios mío, si no deseaba otra cosa! « Si le parece bien, ahora soy ya más razonable y lo he pensado, y seré todo lo mejor que pueda para él, porque es un muchacho bueno y generoso.» Entonces mistress Gudmige se ha puesto a palmotear igual que en el teatro, y ustedes han entrado; y eso es todo, ya lo saben ustedes -dijo míster Peggotty-. Ustedes han entrado, y esto acaba de suceder ahora mismo, y aquí está el hombre con quien se ha de casar en cuanto termine su aprendizaje.
Ham se bamboleó bajo el puñetazo que míster Peggotty le asestó, en su alegría, como signo de confianza y de amistad; pero sintiéndose obligado a decirnos también algo, he aquí lo que se puso a balbucir con mucho trabajo:
-No era ella mucho más grande que usted cuando vino aquí por primera vez, señorito Davy..., cuando ya adivinaba yo lo que llegaría a ser.. La he visto crecer.. como una flor, señores. Daría mi vida por ella... ¡Oh, estoy tan contento, tan contento, señorito Davy! Ella es para mí, caballeros, más que ...; es para mí todo lo que deseo y más que... más que podría decir nunca. Yo..., yo la quiero de verdad. No hay caballero sobre la tierra, ni tampoco en el mar... que pueda querer a su mujer más de lo que yo la quiero. Aunque habrá muchos hombres como yo... que dirían mejor.. lo que desearan decir.
Yo estaba conmovido al ver a un hombretón como Ham temblando de la fuerza de lo que sentía por la preciosa criaturilla que le había ganado el corazón. Me conmovía la sencillez y la confianza depositada en nosotros por míster Peggotty y por el mismo Ham. Me conmovía todo el relato. Si en mi emoción influían los recuerdos de mi infancia, no lo sé. Si había ido allí con alguna vaga idea de seguir amando a la pequeña Emily, no lo sé. Pero sé que estaba contento por todo aquello. Al principio era como una indescriptible sensación de alegría, que la menor cosa habría podido cambiar en sufrimiento.
Por lo tanto, si hubiera dependido de mí el tocar con acierto la cuerda que vibraba en todos los corazones, lo habría hecho de una manera bien pobre. Pero dependió de Steerforth, y él lo hizo con tal acierto, que en pocos minutos todos estábamos tan tranquilos y todo lo felices que era posible.
-Míster Peggotty -dijo-, es usted un hombre excelente y merece toda la felicidad de esta noche. ¡Venga su mano! Ham, muchacho, te felicito; ¡venga también tu mano! Florecilla, anima el fuego y hazlo brillar como merece el día. Míster Peggotty, si no decide usted a su linda sobrina a que vuelva a su sitio, me voy. No querría causar ni por todo el oro de las Indias un vacío en su reunión de esta noche, y ese vacío menos que ningún otro.
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