David Copperfield (Charles Dickens) - pág.232
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-Y he aquí que ese bendito marinero va y pierde su corazón por nuestra pequeña Emily -dijo míster Peggotty con el rostro cada vez más resplandeciente- La sigue por todas partes, se hace una especie de criado suyo, pierde exageradamente el apetito y, por último, me explica lo que le pasa. Ahora bien; yo ¡qué más podía desear que ver a nuestra Emily en buen camino de casarse! ¡Qué más podía desear que verla prometida a un hombre honrado que pudiera tener el derecho de defenderla! Yo no sé el tiempo que me queda por vivir, ni si tendré que morir pronto; pero sé que si una de estas noches me cogiera un golpe de viento en los bancos de arena de Yarmouth y viera por última vez las luces del pueblo por encima de las olas, me dejaría ir más tranquilo si podía decirme: «Allí en tierra firme hay un hombre que será fiel a mi pequeña Emily, que Dios bendiga, y con él nada tiene que temer de nadie mientras viva».
Míster Peggotty, con sencilla gravedad, movía su brazo derecho como si dijera adiós a las luces de la ciudad por última vez, y después, cambiando una seña con Ham, cuya mirada había encontrado, prosiguió:
-Bien. Yo le aconsejé que hablara con Emily. Es lo bastante grande, pero tan tímido como un niño, y no se atrevía. Así es que hablé yo. « ¡Cómo! ¿Él? -exclamó Emily-. ¿Él, a quien conozco desde hace tantos años y a quien quiero como a un hermano? ¡Oh, tío, nunca podré casarme con él; es tan buen muchacho!» Yo le di un beso, y nada más le dije: «Querida mía, haces muy bien hablando claro, y puedes elegir por ti misma; eres libre como un pajarillo». Y busqué al chico y le dije: «Yo deseaba haberlo conseguido, pero no ha sido así; sin embargo, podéis seguir viviendo como hasta ahora, y nada más te digo que sigas con ella como siempre y te portes como un hombre». Él me contestó estrechándome la mano: «Lo haré», y ha sido honrado y fuerte desde hace ya dos años, y ha seguido siendo el mismo de siempre para todos.
El rostro de míster Peggotty había variado de expresión según los períodos de su narración; ahora los resumía todos, radiante, dejando caer una mano sobre mi rodilla y otra sobre la de Steerforth (después de haberlas humedecido y restregado para mayor énfasis de la acción); y repartiendo después la siguiente arenga entre los dos, continuó:
-Y de pronto una noche (que muy bien puede ser esta) llega la pequeña Emily de su trabajo y él con ella. No tiene nada de particular me dirán, ¡claro que no!, porque él cuida de ella como un hermano, de noche y también de día, a todas horas. Pero el marinero la coge de la mano al llegar y me grita alegremente: «¡Mira, aquí tienes a la que va a ser mi mujercita!», y ella dice medio atrevida, medio avergonzada y medio riendo y medio llorando: « Sí, tío, si te parece bien».
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