David Copperfield (Charles Dickens) - pág.231
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Por fin la dejó escapar (ella corrió a la habitacioncita donde yo solía dormir), y mirándonos a todos sofocado en su exagerada alegría:
-Sí, ¡dos caballeros como ustedes, caballeros de nacimiento y semejantes caballeros! -dijo míster Peggotty...
-Eso es, eso es -exclamó Ham-; bien dicho. Eso es, señorito Davy, ¡dos caballeros de nacimiento, eso es!
-Sí; dos caballeros como ustedes, dos verdaderos caballeros -repitió míster Peggotty-, si no pueden excusarme por estar en este estado de ánimo, cuando se enteren de los motivos me perdonarán. Emily, mi querida Emily sabe lo que voy a decir, y por eso se ha escapado. ¿Quiere usted ser tan buena, mistress Gudmige, de ir a buscarla un momento?
Mistress Gudmige asintió con la cabeza y desapareció.
-Si esta no es -dijo míster Peggotty sentándose entre nosotros delante del fuego- la noche más hermosa de mi vida soy un cangrejo, y hasta cocido. Esta pequeña Emily, señorito -dijo a Steerforth bajando la voz-, la que ha visto usted aquí toda confusa hace un momento...
Steerforth solamente hizo un signo con la cabeza, pero con una expresión tan complacida y de interés, participando en los sentimientos de míster Peggotty, que este último le contestó como si hubiera hablado.
-Eso es, así es ella; gracias, señorito.
-Ham hizo gestos en varias ocasiones como si él también quisiera decir lo mismo.
-Esta pequeña Emily nuestra -repitió míster Peggotty- ha sido en esta casa lo que yo supongo (soy un hombre ignorante, pero este es mi parecer), lo que nadie más que una criatura así, de ojos claros, puede ser en una casa. No es mi hija, nunca he tenido hijos; pero no la podría querer más si lo fuera. ¿Me comprende usted? No sería posible.
-Lo comprendo perfectamente -dijo Steerforth.
-Lo sé, señorito -repuso míster Peggotty-, y le doy las gracias de nuevo. El señorito Davy que puede recordar lo que era Emily, y usted puede juzgar por sí mismo lo que es ahora-, pero ninguno de los dos pueden saber por completo lo que ha sido, es y será para un cariño como el mío. Soy rudo, señor -dijo míster Peggotty-, soy rudo como un puercoespín; pero nadie (de no ser una mujer) puede comprender lo que nuestra pequeña Emily es para mí. Y, entre nosotros -dijo bajando todavía más la voz-, el nombre de esa mujer no sería el de mistress Gudmige, aunque tiene un montón de cualidades.
Míster Peggotty se enmarañó de nuevo sus cabellos con las dos manos, como preparándose a lo que todavía tenía que decir, y luego, apoyando cada una en una de sus rodillas, prosiguió:
-Había cierta persona que conocía a nuestra Emily desde el tiempo en que su padre murió ahogado y que la estaba viendo constantemente, de niña, de muchacha, de mujer. No de muy buen ver, algo en mi estilo, rudo, muy marinero, pero un completo y honrado muchacho, que tiene el corazón en su sitio.
Pensé que nunca había visto a Ham enseñar los dientes como lo hacía en aquel momento, sonriendo en silencio frente a nosotros.
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