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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.229

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Además, su modo de tratarme a mí habría sido suficiente para subyugarla. Así, gracias a todas estas razones combinadas, creo que en realidad sentía una especie de adoración por él cuando salimos de su casa aquella noche.
Se quedó a comer con nosotros. Si dijera que consintió con gusto sólo expresaría a medias la gracia y la alegría que puso al aceptar. Cuando entró en la habitación de Barkis parecía que con él entraba el aire y la voz luminosa y refrescante, como si él fuera la salud y el buen tiempo. Sin esfuerzo, sin ruido, espontáneamente, ponía en todo lo que hacía una nota de bienestar que no puede describirse; parecía que no podia hacerlo de otra manera ni mejor, y la gracia, el natural encanto de sus movimientos, todavía me seducen hoy al recordarlo.
Reímos de todo corazón en la salita, donde encontré sobre el antigun pupitre el libro de Los mártires, el cual no se había tocado desde mi partida. Hojeé de nuevo sus estampas tan terribles y que ahora no me impresionaban nada. Cuando Peggotty habló de mi habitación, diciéndome que estaba preparada y que esperaba que la ocupase, antes de que hubiera podido lanzar una mirada de duda sobre Steerforth ya había él comprendido de lo que se trataba.
-Naturalmente -dijo-; tú dormirás aquí todo el tiempo que estemos, y yo dormiré en el hotel.
-Pero traerte tan lejos -contesté- para separamos me parece de malos compañeros, Steerforth.
-¡Por Dios!, ¿no es este tu sitio natural? ¿Qué significan todos los «parece» en comparación con esto?
Y quedamos en ello al momento.
Mantuvo todas sus deliciosas cualidades hasta el último momento, cuando a las ocho nos fuimos hacia el barco de mister Peggotty. Y conforme pasaban las horas estaba más y más brillante en sus facultades. Ya entonces pensaba yo, ahora no lo dudo, que la conciencia de su éxito y su afán de agradar le inspiraban cada vez mayor delicadeza de percepción y le hacían cada vez más sutil y natural. Si alguien me hubiese dicho entonces que todo aquello era un brillante juego ejecutado en la excitación del momento para distraer su espíritu en un deseo de probar su superioridad y con objeto de conquistar por un momento lo que al siguiente abandonaría; digo que si alguien me hubiese dicho semejante mentira aquella noche, no sé lo que habría sido capaz de hacerle en mi indignación.
Aunque probablemente no habría hecho más que acrecentar (si es que era posible) el romántico sentimiento de fidelidad y amistad con que caminaba a su lado, sobre la oscura soledad de la playa, hacia el viejo barco. El viento gemía a nuestro alrededor todavía más lúgubre que la noche en que me asomé por primera vez a la negrura de la puerta de míster Peggotty.
-Es un sitio agradable y salvaje, Steerforth, ¿no te parece?
-Bastante desolado en la oscuridad, y el mar ruge como si quisiera tragarnos. ¿Es aquel el barco, allá lejos, donde se ve una lucecita?


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