David Copperfield (Charles Dickens) - pág.228
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Nada tan verdadero como aquello.
Barkis se volvió a mirarme, esperando que asintiera en sus reflexiones. Yo así lo hice.
-Nada más exacto -repitió Barkis-. Un hombre tan pobre como yo lo soy se da cuenta de ello cuando está enfermo. Porque yo soy un hombre muy pobre.
-Lo siento mucho, Barkis.
-Muy, muy pobre -dijo Barkis.
Al llegar a aquel punto sacó despacio y débilmente su mano derecha de debajo de las sábanas, y al cabo de muchos esfuerzos consiguió coger un bastón que estaba enganchado a la cabecera. Después de dar algunos golpes con él, durante los cuales su rostro asumió las más variadas expresiones de terror, Barkis alcanzó una caja, un extremo de la cual había estado yo viendo todo el tiempo. Entonces su rostro se tranquilizó.
-Son trajes viejos -dijo Barkis.
-¡Ah! -dije yo.
-Me gustaría que fuese dinero -dije Barkis.
-Yo también lo desearía -le contesté.
-Pues no lo es -dijo Barkis abriendo los ojos todo lo que podía.
Le contesté que estaba convencido, y Barkis, volviendo los ojos con mayor dulzura hacia su mujer, añadió:
-Es la mujer más buena y más trabajadora que existe, C. P. Barkis. Todo lo que pueda decirse en elogio de C. P. Barkis lo merece, y más. Querida mía, hoy vas a hacer comida para la compañía, algo muy bueno, tanto para comer como para beber, ¿no te parece?
Yo habría querido protestar contra aquella innecesaria demostración en mi honor; pero viendo a Peggotty al otro lado de la cama, muy deseosa de que aceptase, guardé silencio.
-Debo de tener algún dinero por aquí en mi ropa -dijo Barkis-; pero estoy cansado. Si me dejarais dormir un rato, creo que al despertarme lo encontraría.
Salimos de la habitación, y cuando estuvimos fuera, Peggotty me informó de que Barkis era ahora un poco más «agarrado» que nunca, y que siempre se valía de aquella estratagema cuando quería sacar algo de su cofre, y que sufría torturas inconcebibles para arrastrarse fuera del lecho y buscar dinero en aquella maldita caja. En efecto; pronto le oímos lanzar gemidos ahogados, pues aquellos movimientos hacían crujir todas sus articulaciones doloridas; pero Peggotty, a pesar de sus miradas, que expresaban la mayor compasión, me aseguró que aquel impulso de generosidad le haría mucho bien, y que valía más dejarle. Le dejamos, por lo tanto, gemir solo hasta que volvió a meterse en la cama, sufriendo, estoy seguro, un martirio. Entonces nos llamó, fingiendo que abría los ojos después de un buen sueño, y dio a Peggotty una guinea, que sacó de debajo de la almohada. La satisfacción de habemos engañado y de guardar un secreto impenetrable sobre el contenido de su cofre parecía ser a sus ojos una compensación suficiente para todas sus torturas.
Preparé a Peggotty para la llegada de Steerforth, que apareció pronto. Estoy persuadido de que no había diferencia para ella, y consideraba las cosas que había hecho Steerforth por mí como si las hubiera hecho por ella misma, y estaba dispuesta a recibirle con gratitud y devoción; pero sus alegres modales, tan francos, su buen humor, su hermoso rostro y el don natural que poseía para ponerse al alcance de todos aquellos a quienes encontraba y para tocar precisamente (cuando quería molestarse en ello) la cuerda sensible de cada uno, todo esto conquistó a Peggotty en un momento.
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