David Copperfield (Charles Dickens) - pág.227
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Allí estaba, en su cocinita, haciendo el almuerzo. En cuanto llamé a la puerta, me abrió y me preguntó qué deseaba. La miré con una sonrisa; pero ella no me correspondió. No habíamos dejado nunca de escribirnos; pero hacía siete años que no nos veíamos.
-¿Está míster Barkis en casa, señora? -dije fingiendo una voz ronca.
-Sí, señor; está en casa -contestó Peggotty-; pero está en cama con su reúma.
-¿Ahora ya no va a Bloonderstone? -pregunté.
-Cuando se ponga bueno, sí señor -me contestó.
-¿Y usted no va nunca allí, mistress Barkis?
Me miró más atentamente y observé un rápido movimiento de sus manos, como para juntarse.
-Porque tenía que hacerle algunas preguntas sobre una casa de allí, que se llamaba... ¿Cómo era?... La Rookery -dije.
Peggotty dio un paso atrás y extendió las manos, asustada, como rechazándome.
-¡Peggotty! -grité.
Y ella exclamó:
-¡Mi niño, mi niño querido!
Y ambos nos deshicimos en lágrimas uno en brazos del otro.
Las extravagancias que hizo llorando y riendo abrazada a mí; lo orgullosa que estaba, lo contenta; lo triste de que aquella de quien podía ser el orgullo y la alegría no estuviera ni pudiera abrazarme, no tengo corazón para contarlo. Estaba tan conmovido, que no me equivoco al creer que me mostré muy niño correspondiendo a todas sus emociones. Nunca he reído y llorado en toda mi vida, puedo decirlo, ni aun con ella, más francamente que aquella mañana.
-¡Barkis se va a poner más contento! -dijo Peggotty enjugándose los ojos con el delantal; esto va a sentarle mejor que todas sus cataplasmas y sus fricciones. ¿Puedo ir a decirle que estás aquí? Y subirás a verle, querido mío.
-Naturalmente.
Pero Peggotty no podía salir de la habitación, pues cada vez que se acercaba a la puerta se volvía a mirarme y volvía de nuevo sobre sus pasos para llorar y reír sobre mi hombro. Por último, para hacérselo más fácil, salí con ella y la esperé un momento mientras preparaba un poco a Barkis para mi visita.
Barkis me recibió con verdadero entusiasmo. Como estaba demasiado reumático para estrecharme la mano, me rogó que sacudiera la borla de su gorro de dormir, lo que hice cordialmente. Cuando estuve sentado al lado de su cama me dijo que le parecía que todavía me estaba llevando por la carretera de Bloonderstone y que aquello le hacía mucho bien. Como estaba en la cama tapado hasta el cuello, sólo se le veía la cabeza, como a los querubines, y hacía un efecto muy grotesco.
-¿Qué nombre había escrito yo en el carro, señorito? -me dijo Barkis con una lenta sonrisa de reumático.
-¡Ah, Barkis; qué largas conversaciones tuvimos sobre el asunto!, ¿eh?
-Hacía mucho tiempo que «yo estaba dispuesto», ¿verdad, señorito? -dijo Barkis.
-Muchísimo tiempo -dije yo.
-Y no me arrepiento. ¿Recuerda usted cuando me contó una vez que era ella quien hacía todos los puddings de manzana y toda la cocina?
-Sí, muy bien -respondí.
-Era verdad -dijo Barkis- era verdad -repitió sacudiendo su gorro de dormir, que era su único medio de expresión-.
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