David Copperfield (Charles Dickens) - pág.226
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Al fin, sin embargo, se puso mejor, aunque todavía respiraba con tal dificultad y estaba tan agotado, que se vio obligado a sentarse en una banqueta detrás del mostrador.
-¿Ve usted? -dijo enjugándose la frente y respirando con dificultad-. Emily no ha querido hacer muchas amistades, no se ha molestado por conocer gente, ni tener amigas, todavía menos novios. En consecuencia, la critican y dicen que Emily desea hacerse una señora. Ahora mi opinión es que si corren estos rumores es porque ella, cuando era pequeña, dijo muchas veces en la escuela que si fuera una señora haría tal y cual cosa por su tío, ¿sabe usted?, y que le compraría tantas cosas bonitas.
-Le aseguro, míster Omer, que a mí también me lo dijo cuando los dos éramos niños -contesté prontamente.
Míster Omer volvió la cabeza y sacudió la barbilla.
-Precisamente. Además, ella con cualquier cosa se viste mejor que otras con mucho dinero; y eso no gusta. En realidad, puede llamársela caprichosa; hasta puede llegarse a decir que lo es -dijo míster Omer-, y que ella misma no sabe lo que quiere, y nunca está tranquila. Pero nada más se puede decir de ella, ¿no es verdad, Minnie?
-No, padre -dijo mistress Joram-; eso es todo.
-Así, cuando encontró una colocación -continuó míster Omer- para acompañar a una señora anciana y difícil, no congeniaron y no pasó de ahí. Por último ha venido a esta casa de aprendiza, pronto hará ya tres años, y es la mejor chica que se puede encontrar. Trabaja como seis. Minnie, ¿no hace ahora ella el trabajo de seis obreras?
-Sí, padre -contestó Minnie-; que no se diga que no le hago justicia.
-Muy bien -dijo míster Omer-; así debe ser. Y así, caballerito -añadió después de unos momentos de acariciarse la barbilla-, para que no me considere usted tan charlatán como corto de aliento, creo que es todo lo que le puedo decir.
Como al hablar de Emily bajaban la voz, supuse que estaba cerca, y al preguntarlo, míster Omer me indicó que sí, y me señaló hacia la puerta interior. Me apresuré a preguntar si podía mirar y, al darme su permiso, miré a través de los cristales y la vi sentada trabajando; la vi; y era la más preciosa criatura del mundo: pequeñita, con sus grandes ojos azules, que habían penetrado en mi infantil corazón; estaba riéndose vuelta hacia otro niño de Minnie, que jugaba a su lado, y había tal decisión en su rostro brillante, mezclada con mucho de su antigua expresión caprichosa, que me pareció justificado todo lo que había oído. Pero no había nada en su belleza, estoy seguro, que pudiera hacer esperar otra cosa que bondad y felicidad y una vida tranquila y dichosa.
El martilleo del patio parecía como si no hubiese cesado nunca, y resonaba débilmente durante todo el tiempo.
-¿Quiere usted entrar a hablarle? -dijo míster Omer-. Hágalo como si estuviera en su casa.
Era demasiado tímido para hacerlo. Me asustaba que ella se azorase, y no me asustaba menos mi propio azoramiento; pero me enteré de la hora a la que salía por la noche, con objeto de hacer nuestra visita a tiempo; y despidiéndome de míster Omer, de su linda hija y de los dos nenes, me fui en busca de mi querida y vieja Peggotty.
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