David Copperfield (Charles Dickens) - pág.225
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¡Y era en Bloonderstone, naturalmente, Dios mío! ¿Y cómo está usted desde entonces?
-Muy bien, gracias -le dije-, y espero que usted también lo esté.
-¡Oh!, no puedo quejarme -dijo míster Omer-. La respiración la tengo cada vez más corta; pero eso es culpa de la edad. La tomo como viene y hago lo que puedo. Es lo mejor que se puede hacen ¿No le parece?
Míster Omer tosió de nuevo a consecuencia de la risa y fue asistido por su hija, que estaba a nuestro lado haciendo saltar al niño más pequeño sobre el mostrador.
-¡Dios mío! -dijo míster Omer-. Sí; ahora estoy seguro, dos personas. Pues en aquel mismo viaje, ¿querrá usted creerlo?, se fijó la fecha de la boda de Minnie con Joram. «Fije usted el día», decía Joram. «Sí, padre; fíjelo», decía Minnie. Y ahora somos socios, mire; y aquí tiene usted al más pequeño.
Minnie rió, atusándose los cabellos sobre las sienes, mientras su padre ponía uno de sus gruesos dedos en la manita del nene, que saltaba en el mostrador.
-Eran dos, naturalmente -insistió Omer, recordando-. ¡Precisamente! Pues Joram en este momento está trabajando en uno gris con clavos de plata, que será como dos pulgadas más corto que este -dijo señalando al niño que saltaba-. ¿Quiere usted tomar algo?
Di las gracias, diciendo que no.
-Oiga usted -dijo míster Omer-. La mujer del carretero Barkis (que es hermana del pescador Peggotty) ¿tenía algo que ver con su familia? Estaba sirviendo allí, estoy seguro.
Mi contestación afirmativa le puso muy contento.
-Creo que pronto tendré la respiración más larga, puesto que también estoy recobrando la memoria -dijo míster Omer-. ¡Bien, señor! Pues aquí tenemos a una muchacha, parienta de Peggotty, ¡y que tiene una elegancia y un gusto para los trajes! Estoy seguro de que ni una duquesa en toda Inglaterra le pondría peros.
-¿No será la pequeña Emily? -dije involuntariamente. -Emily es su nombre -dijo míster Omer-, y, en efecto, es chiquita; pero, créame usted, tiene una cara tan linda, que la mitad de las mujeres de la ciudad están locas de envidia.
-¡Qué tontería, padre! -exclamó Minnie.
-Querida mía, no digo que ese sea tu caso -dijo guiñándome-; lo que digo es que la mitad de las mujeres de Yarmouth, ¡ya lo creo, y en cinco millas a la redonda!, están locas de envidia.
-Si se hubiera quedado tranquila en donde le corresponde -dijo Minnie- no les habría dado motivos de hablar y no hubiese podido hacerlo.
-¿Qué no habría podido hacer, querida mía? -replicó míster Omer-. ¡No poder hacerlo! ¿Es ese tu conocimiento de la vida? Como si existiese alguna mujer que no pudiese hacer algo, sobre todo tratándose de otra mujer guapa.
Realmente, creí que todo había terminado, pues míster Omer, después de aquella broma, tosía de tal manera y tardaba tanto en recobrar el aliento, que esperaba verle de un momento a otro desaparecer detrás del mostrador y que sus pantalones negros con los lacitos desteñidos en las rodillas se agitaran por última vez.
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