David Copperfield (Charles Dickens) - pág.223
Indice General
|
Volver
Página 223 de 653
Al principio dudó mucho si llevarse a Littimer o no; pero prefirió dejarlo. La respetable criatura, satisfecha con lo que decidieran, arregló nuestros portamantas en el cochecito que debía conducirnos a Londres como si tuviera que desafiar el choque de muchas generaciones, y recibió mi modesta gratificación con perfecta indiferencia.
Nos despedimos de mistress Steerforth y de miss Dartle con mucho agradecimiento por mi parte y mucha bondad por la de la apasionada madre. Y la última cosa que vi fue los ojos imperturbables de Littimer contemplándome, según me pareció, con la silenciosa convicción de que yo era verdaderamente demasiado joven.
Lo que sentí volviendo bajo aquellos auspicios favorables a los antiguos sitios familiares no trataré de describirlo. Nos dirigimos al Hotel de Postas. Yo estaba tan preocupado, lo recuerdo, por el honor de Yarmouth, que cuando Steerforth dijo, mientras atravesábamos sus calles húmedas y sombrías, que, por lo que podía ver, era un bonito rincón, un poco alejado, pero curioso, me sentí muy complacido. Nos fuimos a la cama nada más llegar (observé un par de zapatos y de polainas ante la puerta de mi antiguo amigo el Dolphin cuando pasé por el corredor). A la mañana siguiente me levanté tarde. Steerforth se hallaba muy animado; había estado en la playa antes de que yo me despertase y había conocido, según me dijo, a la mitad de los pescadores del lugar. Hasta me aseguró que había visto a lo lejos la casa de míster Peggotty con el humo saliendo por la chimenea, y me contó que había estado a punto de presentarse como si fuera yo, desconocido a causa de lo que había crecido.
-¿Cuándo piensas presentarme, Florecilla? -me dijo. Estoy a tu disposición, y puedes arreglarlo como quieras.
-Pues pensaba que esta noche sería un buen momento, Steerforth, cuando estén ya todos alrededor del fuego. Me gustaría que los vieras entonces, ¡es tan curioso!
-Así sea -replicó Steerforth-; esta noche.
-No les avisaremos, ¿sabes? -dije encantado-, y los cogeremos por sorpresa.
-¡Oh!, naturalmente -repuso Steerforth-; si no los cogemos por sorpresa no tiene gracia. Hay que ver a los indígenas en su estado natural.
-Sin embargo, es «esa» clase de gente que mencionabas el otro día.
-¡Ah! ¿Recuerdas mis escaramuzas con Rosa? -exclamó con una rápida mirada- No puedo sufrir a esa muchacha; casi me asusta; me parece un vampiro. Pero no pensemos en ella. ¿Qué vas a hacer tú ahora? Supongo que irás a ver a tu niñera.
-Sí; claro está -dije-; debo ver a Peggotty lo primero de todo.
-Bien -replicó Steerforth mirando su reloj-; te dejo dos horas libres para llorar con ella. ¿Te parece bastante?
Le contesté riendo que, en efecto, creía que tendríamos bastante; pero que él tenía que venir también, para darse cuenta de que su fama le había precedido y de que era allí un personaje casi tan importante como yo.
-Iré donde tú quieras -dijo Steerforth- y haré lo que se te antoje. Dame la dirección y dentro de dos horas me presentaré en el estado que más te agrade, sentimental o cómico.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|