David Copperfield (Charles Dickens) - pág.222
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-Mister Steerforth tendría mucho gusto en saber cómo ha descansado usted, señorito.
-Gracias -dije-; muy bien. Y mister Steerforth ¿cómo sigue?
-Muchas gracias; mister Steerforth está pasablemente bien.
Otra de sus características era no usar superlativos. Un término medio tranquilo y frío siempre.
-¿No hay nada más en que pueda tener el honor de servirle, señorito? La campana suena a las nueve, y la familia desayuna a las nueve y media.
-Nada; muchas gracias.
-Gracias a usted, señorito, si me lo permite.
Y con esto y con una ligera inclinación de cabeza al pasar al lado de mi cama, como disculpándose de haberme corregido, salió cerrando la puerta con la misma delicadeza que si acabara de caer en un ligero sueño del que dependiera mi vida,
Todas las mañanas teníamos exactamente esta conversación, ni más ni menos, y siempre invariablemente, a pesar de los progresos que hubiera podido hacer en mi propia estima la víspera, creyéndome que avanzaba hacia una madurez próxima, por el compañerismo de Steerforth, las confidencias de su madre o la conversación de miss Dartle en presencia de aquel hombre respetable, me sentía, como nuestros pequeños poetas cantan, «un chiquillo de nuevo».
Littimer nos proporcionó caballos, y Steerforth, que sabía de todo, me dio lecciones de equitación. Nos proporcionó floretes, y Steerforth empezó a enseñarme a manejarlos. Después nos trajo guantes de boxeo, y también Steerforth fue mi maestro. No me importaba nada que Steerforth me encontrase novato en aquellas ciencias; pero no podia soportar mi falta de habilidad delante del respetable Littimer. No tenía ninguna razón para creer que él entendiese de aquellas artes; nunca me había dejado sospechar nada semejante, ni con el menor guiño de sus respetables párpados; sin embargo, cuando estaba con nosotros mientras practicábamos, yo me sentía el más torpe a inexperto de los mortales. Si me refiero tan particularmente a este hombre es porque entonces me produjo un efecto muy extraño, y además por lo que sucederá después.
La semana transcurrió de la manera más deliciosa. Pasó tan rápidamente como puede suponerse, dado lo entusiasmado que yo estaba. Además, tuve muchas ocasiones de conocer mejor a Steerforth y de admirarle en todos sus aspectos; tanto es así, que al final me parecía que estaba con él desde hacía mucho tiempo. Me trataba de un modo cariñoso, como si fuera un juguete, y a mí me parecía que era el modo más agradable que podía haber adoptado; así me recordaba nuestra antigua amistad, y parecía la continuación natural de ella; no le encontraba nada cambiado y estaba libre de todas las incomodidades que hubiera sentido comparando mis méritos con los suyos y midiendo mis derechos sobre su amistad bajo un nivel de igualdad; pero sobre todo era conmigo natural, confiado y afectuoso como no lo era con nadie. Igual que en el colegio, me trataba de muy distinta manera que a todos los demás, y yo creía que estaba más cerca de su corazón que ningún otro.
Por fin se decidió a venir conmigo al campo y llegó el día de nuestra partida.
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