David Copperfield (Charles Dickens) - pág.221
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SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
LA PEQUEÑA EMILY
Había un criado en aquella casa, un hombre que, según comprendí, acompañaba a todas partes a Steerforth y que había entrado a su servicio en la Universidad. Aquel hombre era en apariencia un modelo de respetabilidad. Yo no recuerdo haber conocido en su categoría a alguien más respetable. Era taciturno, andaba suavemente, muy tranquilo en sus movimientos, deferente, observador, siempre a mano cuando se le necesitaba y nunca cerca cuando podía molestar. A pesar de todo, su mayor virtud era su respetabilidad. No era nada humilde y hasta parecía un poco altanero. Tenía la cabeza redonda y rapada, hablaba con suavidad y tenía un modo especial de silbar las eses, pronunciándolas tan claras que parecía que las usaba más a menudo que nadie; pero todas sus peculiaridades contribuían a su respetabilidad. Si hubiese tenido una nariz desmesurada habría sabido hacer que resultase respetable. Vivía rodeado de una atmósfera de dignidad y andaba con pie firme por ella. Habría sido imposible sospechar de él nada malo. ¡Era tan respetable! A nadie se le habría ocurrido ponerle de librea, tanta era su respetabilidad, ni obligarle a desempeñar un trabajo inferior; habría sido un insulto a los sentimientos de un hombre tan respetable. Y pude observar que las criadas de la casa tenían instintivamente conciencia de ello y lo hacían todo, mientras él, por lo general, leía el periódico sentado ante la chimenea.
Nunca he visto un hombre más dueño de sí. Pero esto, como todas sus demás cualidades, no hacían más que aumentar su integridad. Hasta el detalle de que nadie supiera su nombre de pila parecía formar parte de ella. Nadie podía objetar nada contra su nombre: Littimer. Peter podía ser el nombre de un ahorcado, y Tom el de un deportado; pero Littimer era perfectamente respetable. No sé si sería a causa de aquel conjunto abstracto de honradez; pero yo me sentía extroardinariamente joven en presencia de aquel hombre. Su edad no se podía adivinar, y aquello era un mérito más de su discreción, pues, en su calma digna, igual podía tener cincuenta años que treinta.
A la mañana siguiente, antes de que yo me hubiese levantado, ya estaba Littimer en mi habitación con el agua para afeitarme (aquel agua era como un reproche) y preparándome la ropa. Cuando alcé las cortinas del lecho para mirarle, le vi a la misma temperatura de respetabilidad de siempre: el viento del Este de enero no le afectaba, ni siquiera le empañaba el aliento, y colocaba mis botas a derecha a izquierda en la primera posición del baile y soplaba delicadamente mi chaqueta mientras la dejaba extendida como si fuera un niño.
Le di los buenos días y le pregunté qué hora era. Él sacó de su bolsillo un reloj de lo más respetable que he visto, y sosteniendo el resorte de la tapa con un dedo, lo miró como si consultara a una ostra profética; lo volvió a cerrar y me dijo que, con mi permiso, eran las ocho y media.
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