David Copperfield (Charles Dickens) - pág.220
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Tanto es así, que si la primera vez la hubiera visto jugando, habría pensado que su delgadez y el brillo de sus ojos eran consecuencia de aquella pasión más que de otra cualquiera. Sin embargo, o estoy muy equivocado, o no perdía una palabra de la conversación, ni un matiz de la alegría con que yo escuchaba a mistress Steerforth, sintiéndome halagado con su confianza y creyéndome ya mucho más viejo que cuando salí de Canterbury. Hacia el fin de la velada trajeron vasos y licores, y Steerforth, sentado delante de la chimenea, me prometió pensar seriamente en acompañarme en mi viaje.
-No nos come prisa -decía-, tenemos una semana por delante.
Su madre, también muy hospitalaria, me repitió lo mismo. Mientras hablábamos, Steerforth me llamó varias veces florecilla del campo, lo que atrajo de nuevo las preguntas de miss Dartle.
-Pero ¿realmente, míster Copperfield -me preguntó-, es un mote? ¿Por qué le llama así? ¿Quizá... porque le parece usted muy joven a inocente? ¡Soy tan torpe para estas cosas!
Respondí, ruborizado, que, en efecto, debía de ser por eso.
-¡Ah! -dijo miss Dartle-. ¡Cómo me alegro de saberlo! Pregunto para instruirme, y estoy encantada cuando sé algo nuevo. Steerforth piensa que es usted un inocente, y le hace su amigo. ¡Es verdaderamente encantador!
Después de decir esto se retiró a acostarse, y también mistress Steerforth. Él y yo, después de charlar como una media hora de Traddles y los demás compañeros de Salem House, subimos juntos. La habitación de Steerforth estaba contigua a la mía, y entré un momento a verla. Tenía aspecto de gran comodidad, llena de butacones, de cojines y de taburetes bordados por la mano de su madre; no faltaba un detalle de lo que puede hacer a una alcoba agradable. Por último, un hermoso retrato de su madre colgaba de la pared en un cuadro, y miraba a su hijo querido como si hasta en su sueño necesitara verle.
En mi habitación encontré encendido el fuego, y las cortinas del lecho y de la ventana echadas me dieron una impresión acogedora. Me senté en un sillón ante la chimenea para pensar en mi felicidad, y estaba hundido en su contemplación desde hacía ya un rato cuando mis ojos se encontraron con un retrato de miss Dartle que me miraba con sus agudos ojos desde encima de la chimenea.
El parecido era extraordinario, tanto de rasgos como de expresión. El pintor había suprimido la cicatriz; pero yo se la veía; allí estaba, apareciendo y desapareciendo; tan pronto se veía sólo en el labio superior, como durante la comida, como se presentaba en toda su extensión, como había observado cuando se apasionaba.
Me pregunté con impaciencia por qué no habrían puesto en cualquier otro sitio aquel retrato en lugar de ponerlo en mi cuarto. Para dejar de verla me desnudé deprisa, apagué la luz y me metí en la cama. Pero mientras me dormía no podía olvidar que estaba mirándome. «¿Es realmente así? Deseo saberlo.» Y cuando me desperté a media noche, me di cuenta de que estaba rendido de tanto preguntar a todo el mundo en sueños «si era realmente así o no», sin comprender a qué me refería.
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