David Copperfield (Charles Dickens) - pág.219
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Parecía no ser capaz de hablar ni de pensar en otra cosa. Me enseñó un retrato de cuando era niño, en un medallón con unos buclecitos. Me enseñó otro de la época en que yo le había conocido, y sobre su pecho llevaba otro actual. Todas las cartas que le había escrito su hijo las guardaba en un secreter cercano al sillón en que se sentaba junto a la chimenea, y me quiso leer algunas de ellas, y a mí me hubiera gustado mucho oírlas; pero Steerforth se interpuso y no la dejó hacerlo.
-Es en el colegio de míster Creakle donde mi hijo y usted se conocieron, ¿verdad? -dijo mistress Steerforth hablando conmigo, mientras su hijo y miss Dartle jugaban a los dados-. Recuerdo; entonces me hablaba de un niño más pequeño que él a quien quería mucho; pero su nombre, como puede usted suponer, se ha borrado de mi memoria.
-Era muy generoso y noble conmigo, se lo aseguro -dije-, y yo estaba muy necesitado entonces de un amigo así. Habría sido muy desgraciado allí sin él.
-Es siempre generoso y noble -dijo mistress Steerforth con orgullo.
Asentí con todo mi corazón, Dios lo sabe. Ella también lo sabía, y su altanería se humanizaba para mí, excepto cuando alababa a su hijo, que recobraba todo su orgullo.
-Aquel no era un buen colegio para mi hijo, ni mucho menos; pero había que tener en cuenta circunstancias de mayor importancia aun que la elección de profesores. El espíritu independiente de mi hijo hacía indispensable que estuviera a su lado un hombre que reconociera su superioridad y se doblegara ante él. En míster Creakle encontramos al hombre que nos hacía falta.
No me decía nada nuevo, pues conocía bien al individuo, y además aquello no me hacía tener peor opinión de él. Encontraba muy disculpable que se hubiera dejado dominar por el encanto irresistible de Steerforth.
-La gran capacidad de mi hijo aumentó allí gracias a un sentimiento de emulación voluntaria y de orgullo consciente -continuó diciendo con entusiasmo la señora-. Contra la tiranía se habría revelado; en cambio, como se sentía dueño y señor, quiso ser digno de su situación. Aquello era muy suyo.
Respondí con toda mi alma que le reconocía muy bien en aquel rasgo.
-Y así fue, por su propia voluntad, y sin ninguna presión, el primero, como lo será siempre que se proponga destacarse de los demás -prosiguió mistress Steerforth-. Mi hijo me ha dicho, míster Copperfield, que usted le quería mucho y que ayer, al encontrarle, se dio usted a conocer con lágrimas de alegría. Sería afectación en mí si pretendiera sorprendenne de que mi hijo inspire semejantes emociones; pero no puedo permanecer indiferente ante quien reconoce sus méritos, y estoy muy contenta de verle a usted aquí, y puedo asegurarle que él también siente por usted una amistad nada vulgar, y que puede contar desde luego con su protección.
Miss Dartle jugaba a los dados con el mismo ardor que ponía en todo.
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