David Copperfield (Charles Dickens) - pág.218
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Aunque no son naturalezas refinadas, y deben estar contentos de que sus sentimientos no sean más fáciles de herir que su piel áspera.
-¿De verdad? -dijo miss Dartle-. No sabes lo que me alegro de saberlo. ¡Es tan consolador, es tan agradable saber que no sienten sus sufrimientos! A mí, a veces me había preocupado esa clase de gente; pero ahora ya no volveré a pensar en ellos. Vivir y aprender. Tenía mis dudas, lo confieso; pero ahora ya han desaparecido. Es que antes no sabía; esta es la ventaja de las preguntas, ¿no es verdad?
Pensé que Steerforth había dicho aquello para hacer hablar a miss Dartle y esperaba que me lo dijera cuando se fuera y nos quedáramos solos sentados ante el fuego. Pero únicamente me preguntó qué pensaba de ella.
-Me ha parecido que es inteligente, ¿no? -pregunté.
-¡Inteligente! A todo saca punta -dijo Steerforth-. Lo afila todo como se ha afilado su rostro y su figura en estos últimos años. Es cortante.
-¡Y qué cicatriz tan extraña tiene en los labios! -dije.
Steerforth palideció y nos callamos un momento.
-El caso -dijo- es que fue culpa mía.
-¿Algún accidente desgraciado?
-No; yo era un niño, y un día que me exasperaba le tiré un martillo. Como puedes ver, era ya un angelito que prometía.
Sentí mucho haber tocado un punto tan penoso; pero ya no tenía remedio.
-Y que tiene la marca para toda la vida, como ves -dijo Steerforth-, hasta que descanse en la tumba, si es que en la tumba puede descansar, que lo dudo. Es la huérfana de un primo lejano de mi padre, y mi madre, que era viuda cuando el padre murió, se la trajo para que le hiciese compañía. Miss Dartle posee un par de miles de libras, de las que todos los años economiza la renta para añadirla al capital. Esa es la historia de miss Rosa Dartle.
-¿Y tú la querrás como un hermano? -dije.
-¡Hum! -repuso Steerforth mirando al fuego- Hay hermanos que no se quieren mucho; otros se quieren mal...; pero, sírvete, Copperfield; vamos a brindar por las florecillas del campo, en honor tuyo, y por los lirios del valle, que no trabajan ni hilan, en honor mío; mejor dicho, para vergüenza mía.
Una sonrisa burlona que erraba por sus labios desapareció al decir estas palabras, y pareció recobrar toda su franqueza y gracia habituales.
Cuando volvimos por la tarde a tomar el té, no pude por menos de mirar con penoso interés la cicatriz de miss Dartle; pronto observé que era la parte más sensible de su rostro, y que cuando palidecía era lo primero que cambiaba y se ponía de un color plomizo. Entonces se veía en toda su extensión como una raya de tinta invisible al acercarla al fuego. Tuvieron un pequeño altercado ella y Steerforth mientras jugaban a los dados, y en el momento en que se encolerizó vi aparecer la marca, como las misteriosas palabras escritas en un muro.
No me extrañaba nada el entusiasmo de mistress Steerforth por su hijo.
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