David Copperfield (Charles Dickens) - pág.215
Indice General
|
Volver
Página 215 de 653
Lo consiguió, sin embargo, y yo no me cansaba de admirar el cambio que se había operado para mí en «La Cruz de Oro», comparando mi triste estado de abandono del día anterior con la comida y el lujo que ahora me rodeaba. En cuanto a la familiaridad del camarero, parecía no haber existido nunca, y nos servía con la mayor humildad.
-Ahora, Copperfield -me dijo Steerforth cuando nos quedamos solos-, me gustaría saber lo que haces, dónde vas y todo lo que te concierne. Me parece que eres algo mío.
Rebosante de alegría al ver que aún le interesaba así, le conté cómo me había propuesto mi tía aquella pequeña expedición.
-Como no tienes ninguna prisa -dijo Steerforth-, vente conmigo a mi casa de Highgate a pasar con nosotros algún día. Seguramente te gustará mi madre... está tan orgullosa de mí, que se repite algo; pero esto es disculpable; y tú también estoy seguro de que le gustarás a ella.
-Quisiera estar tan seguro como tú, que tienes la amabilidad de creerlo -contesté sonriendo.
-Sí -dijo Steerforth-, todo aquel que me quiere la conquista; es ella la primera en reconocerlo.
-Entonces me parece que voy a ser su favorito -dije.
-Muy bien -contestó Steerforth-; ven y pruébanoslo. Ahora podemos dedicar un par de horas a que veas las curiosidades de Londres. No es poca cosa tener un muchacho como tú a quien enseñárselas, Copperfield, y después tomaremos la diligencia para Highgate.
No podía creerlo; me parecía estar soñando, y temía despertar en la habitación número cuarenta y cuatro. Después de escribir a mi tía contándole mi afortunado encuentro con mi admirado compañero de colegio, y cómo había aceptado su invitación, tomamos un coche y nos dedicamos a curiosearlo todo. Dimos una vuelta por el Museo, donde no pude por menos de observar todo lo que sabía Steerforth sobre una infinita variedad de asuntos y la poca importancia que daba a su cultura.
-Tendrás el mayor éxito en la Universidad si es que te lo has examinado ya y lo has tenido, y tus amigos tendremos mucha razón para estar orgullosos de ti.
-¡Yo exámenes brillantes! -exclamó Steerforth-; no, florecilla de los campos, no; pero ¿supongo que no te importará que te llame así?
-Nada de eso -le dije.
-Eres muy buen chico, querida florecilla -dijo Steerforth riendo-. El caso es que no tengo el menor deseo ni la menor intención de distinguirme de ese modo. He hecho suficiente para lo que me propongo, y soy ya un hombre bastante aburrido sin necesidad de eso.
-Pero la fama -empecé.
-Tú eres una florecilla romántica -continuó Steerforth riendo todavía más fuerte- Díme: ¿para qué voy a molestarme? ¿Para que unos cuantos pedantes se queden con la boca abierta y levanten las manos al cielo? Para otros esas satisfacciones de la fama, y que les aproveche.
Yo estaba avergonzado de haberme equivocado de aquel modo y traté de cambiar de asunto. Afortunadamente, con Steerforth era fácil hacerlo, pues él pasaba siempre de un asunto a otro con una gracia y naturalidad que le eran peculiares.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|