David Copperfield (Charles Dickens) - pág.214
Indice General
|
Volver
Página 214 de 653
¡Mozo!
Llama, dirigiéndose al camarero, que había seguido con mucha atención, y a cierta distancia, nuestro encuentro y que ahora se acercaba respetuoso.
-¿Dónde han puesto a mi amigo Copperfield? -le preguntó Steerforth.
-Perdón, señor.
-Digo que dónde va a dormir, cuál es su número. Ya me comprendes -añadió Steerforth.
-Sí, señor -dijo el mozo como disculpándose-. Por el momento, míster Copperfield está en el número cuarenta y cuatro.
-¿Y en qué diablos está usted pensando -replicó Steerforth- para poner a míster Copperfield en una habitación tan pequeña y encima del establo´?
-Creíamos, señor -contestó el camarero en tono de disculpa-, que míster Copperfield no le daba importancia, Pero podemos ponerle en el setenta y dos, si prefieren ustedes; es al lado de su habitación.
-Naturalmente que lo preferimos. ¡Haz el cambio al momento!
El camarero obedeció inmediatamente, y Steerforth, muy divertido porque me hubieran dado el cuarenta y cuatro, se reía de nuevo y me daba en el hombro. Después me invitó a desayunar con él a la mañana siguiente, a las diez. Estuve orgulloso de aceptar. Como era ya muy tarde cogimos nuestros candelabros y subimos la escalera, despidiéndonos muy cariñosamente. Me encontré con una habitación mucho mejor que la anterior y que no olía a establo, con una inmensa cama de cuatro columnas situada en el centro, como un pequeño castillo en medio de sus tierras, y allí, entre una cantidad de almohadas suficientes para seis personas, caí pronto dormido beatíficamente y soñé con la antigua Roma y con la amistad de Steerforth, hasta que a la mañana siguiente, muy temprano, el rodar de las diligencias bajo el pórtico convirtió mi sueño en una tempestad.
CAPÍTULO XX
LA CASA DE STEERFORTH
Cuando la criada llamó a mi puerta al día siguiente a las ocho de la mañana, diciéndome que allí dejaba el agua caliente para que me afeitara, pensé con pena que no tenía nada que afeitarme, y enrojecí. La sospecha de que se reía bajito al hacerme aquel ofrecimiento me persiguió mientras me arreglaba y me hizo parecer culpable (estoy seguro) cuando me la encontré en la escalera al bajar a almorzar. Sentía tan vivamente mi juventud que durante un momento no pude decidirme a pasar por su lado. Le oía barrer la escalera y yo permanecía al lado de mi ventana mirando la estatua del rey Carlos, que no tenía nada de real, rodeada como estaba de un dédalo de coches bajo la lluvia, y con una niebla espesa; el camarero me sacó de mi indecisión advirtiéndome que Steerforth me aguardaba.
Steerforth me esperaba en un gabinete reservado, adornado con cortinas rojas y un tapiz turco. El fuego brillaba, y un abundante desayuno estaba servido en una mesita cubierta con un mantel muy blanco. La habitación, el fuego, el desayuno y Steerforth, todo se reflejaba alegremente en un espejito ovalado. Al principio estuve cohibido. Steerforth era tan elegante, tan seguro de sí, tan superior a mí en todo, hasta en edad, que fue necesaria toda la gracia protectora de sus modales para rehacerme.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|