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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.214

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¡Mozo!
Llama, dirigiéndose al camarero, que había seguido con mucha atención, y a cierta distancia, nuestro encuentro y que ahora se acercaba respetuoso.
-¿Dónde han puesto a mi amigo Copperfield? -le preguntó Steerforth.
-Perdón, señor.
-Digo que dónde va a dormir, cuál es su número. Ya me comprendes -añadió Steerforth.
-Sí, señor -dijo el mozo como disculpándose-. Por el momento, míster Copperfield está en el número cuarenta y cuatro.
-¿Y en qué diablos está usted pensando -replicó Steerforth- para poner a míster Copperfield en una habitación tan pequeña y encima del establo´?
-Creíamos, señor -contestó el camarero en tono de disculpa-, que míster Copperfield no le daba importancia, Pero podemos ponerle en el setenta y dos, si prefieren ustedes; es al lado de su habitación.
-Naturalmente que lo preferimos. ¡Haz el cambio al momento!
El camarero obedeció inmediatamente, y Steerforth, muy divertido porque me hubieran dado el cuarenta y cuatro, se reía de nuevo y me daba en el hombro. Después me invitó a desayunar con él a la mañana siguiente, a las diez. Estuve orgulloso de aceptar. Como era ya muy tarde cogimos nuestros candelabros y subimos la escalera, despidiéndonos muy cariñosamente. Me encontré con una habitación mucho mejor que la anterior y que no olía a establo, con una inmensa cama de cuatro columnas situada en el centro, como un pequeño castillo en medio de sus tierras, y allí, entre una cantidad de almohadas suficientes para seis personas, caí pronto dormido beatíficamente y soñé con la antigua Roma y con la amistad de Steerforth, hasta que a la mañana siguiente, muy temprano, el rodar de las diligencias bajo el pórtico convirtió mi sueño en una tempestad.

CAPÍTULO XX
LA CASA DE STEERFORTH
Cuando la criada llamó a mi puerta al día siguiente a las ocho de la mañana, diciéndome que allí dejaba el agua caliente para que me afeitara, pensé con pena que no tenía nada que afeitarme, y enrojecí. La sospecha de que se reía bajito al hacerme aquel ofrecimiento me persiguió mientras me arreglaba y me hizo parecer culpable (estoy seguro) cuando me la encontré en la escalera al bajar a almorzar. Sentía tan vivamente mi juventud que durante un momento no pude decidirme a pasar por su lado. Le oía barrer la escalera y yo permanecía al lado de mi ventana mirando la estatua del rey Carlos, que no tenía nada de real, rodeada como estaba de un dédalo de coches bajo la lluvia, y con una niebla espesa; el camarero me sacó de mi indecisión advirtiéndome que Steerforth me aguardaba.
Steerforth me esperaba en un gabinete reservado, adornado con cortinas rojas y un tapiz turco. El fuego brillaba, y un abundante desayuno estaba servido en una mesita cubierta con un mantel muy blanco. La habitación, el fuego, el desayuno y Steerforth, todo se reflejaba alegremente en un espejito ovalado. Al principio estuve cohibido. Steerforth era tan elegante, tan seguro de sí, tan superior a mí en todo, hasta en edad, que fue necesaria toda la gracia protectora de sus modales para rehacerme.


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