David Copperfield (Charles Dickens) - pág.211
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Tengo cierta inseguridad en mí mismo que me ha jugado muy malas pasadas en muchas ocasiones, y aquel incidente, del cual fue teatro la imperial de la diligencia de Canterbury, no era muy a propósito para disminuírmela. Fue en vano que tratase de refugiarme en la voz cavernosa. Por mucho que hablaba desde el fondo del estómago, sentía que estaba completamente vencido y que era deplorablemente joven.
Durante el viaje resultó muy interesante verme presumiendo sobre la diligencia, bien vestido, bien educado y con la bolsa llena, reconociendo, al pasar, los lugares en los que había dormido durante mi penoso viaje de niño. Mis pensamientos encontraban en aquello amplio motivo de reflexión, y mirando pasar a los vagabundos y reconociendo aquellas miradas, que recordaba tan bien, me parecía sentir todavía la mano del latonero estrujándome la camisa. Al bajar por la estrecha calle de Chatham vi la callejuela en que estaba la tienda del viejo monstruo que me había comprado la chaqueta, y adelanté vivamente la cabeza para mirar el sitio en que había estado esperando tanto tiempo mi dinero, primero a la sombra y luego al sol. Y ya casi en Londres, cuando pasé cerca de Salem House, donde míster Creakle nos había azotado tan cruelmente, habría dado cuanto poseía por poder bajarme, darle una buena paliza y poner en libertad a los alumnos, pobres pajarillos enjaulados.
Llegamos al hotel de «La Cruz de Oro», en Charing Cross, situado en una calle cerrada. El mozo me introdujo en el comedor, y una criada me enseñó una habitación pequeña que olía a establo y que estaba tan herméticamente cerrada como una tumba. Yo sentía mi gran juventud sobre la conciencia y me daba cuenta de que eso era la causa de que nadie me respetase. La criada no hacía caso de lo que le decía, y el mozo se permitía, con insolente familiaridad, darme consejos para ayudarme en mi inexperiencia.
-Ahora veamos -dijo el camarero de modo confidencial-; ¿qué es lo que quiere usted comer? A los jovencitos como usted suelen gustarles las aves. ¿Quiere usted un pollo?
Le dije lo más majestuosamente que pude que me tenían sin cuidado los pollos.
-¿No lo quiere usted? -dijo el camarero-. Pues los jovencitos por lo general están hartos de vaca y de cordero. ¿Qué le parecería una chuleta de carnero?
Asentí a aquello, porque tampoco se me ocurría otra cosa.
-¿Quiere usted patatas? -me preguntó el mozo con una sonrisa insinuante a inclinando la cabeza hacia un lado-. En general, los jovencitos están hartos de patatas.
Le ordené con mi voz más profunda que me trajera una chuleta de carnero con patatas, y que preguntara en las oficinas si no había alguna carta para Trotwood Copperfield. Sabía muy bien que no podía haberla; pero pensé que aquello me haría parecer muy hombre. Pronto volvió diciendo que no había nada (yo hice como que me sorprendía mucho) y empezó a poner mi cubierto en una mesita al lado de la chimenea.
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