David Copperfield (Charles Dickens) - pág.210
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Recuerdo que la principal preocupación de mi espíritu cuando nos pusimos en marcha era parecerle lo más viejo posible al conductor, para lo cual trataba de sacar una voz ronca. Mucho trabajo me costó conseguirlo; pero tenía gran interés en ello porque era un medio seguro de no parecer niño.
-¿,Va usted a Londres? -me dijo el conductor.
-Sí, William -dije en tono condescendiente (le conocía algo)-, voy a Londres, y después a Sooflulk.
-¿Va usted a cazar?
Sabía William, tan bien como yo, que en aquella época del año igual podría ir a la pesca de la ballena; pero yo lo tomé por un cumplido.
-No sé -dije con indecisión- si tiraré algún tiro que otro.
-He oído decir que los pájaros son muy difíciles de alcanzar allí -dijo William.
-Sí; eso he oído -respondí.
-¿Es usted del condado de Sooffolk? -me preguntó.
-Sí -contesté dándome importancia-; de allí soy.
-Se dice que por esa parte los puddings de frutas son una cosa exquisita -dijo William.
Yo no sabía nada; pero comprendí que era necesario apoyar las instituciones de mi región, y de ningún modo dejar ver que las desconocía. Así es que moví la cabeza con malicia, como diciendo: «¡Ya lo creo!».
-¿Y los caballos? -dijo William-. ¡Ahí es nada! Una jaca de Sooffolk vale su peso en oro. ¿No se ha dedicado usted nunca a la cría de caballos en Sooffolk?
-No -dije.
-Pues detrás de mí va un caballero que se ha dedicado a la cría caballar a gran escala.
El caballero en cuestión me miró de un modo terrible. Era bizco, tenía la barbilla prominente; llevaba un sombrero claro de copa alta, un pantalón de terciopelo de algodón, abrochado a los lados desde las caderas hasta las suelas de los zapatos, y apoyaba la barbilla en el hombro del conductor, tan cerca de mí, que sentía su aliento en mis cabellos. Cuando me volví para mirarle, lanzaba a los caballos una ojeada de entendimiento.
-¿No es verdad? -dijo William.
-¿Si no es verdad qué? -dijo el caballero de detrás.
-Que se ha dedicado usted a la cría caballar en Sooffolk a gran escala.
-Ya lo creo -dijo el otro-, y no hay clase de perros ni caballos de los que no haya yo sacado crías. Hay hombres que tenemos afición a los perros y a los caballos. Yo dejaría de comer y de beber, les sacrificaría con gusto la casa, la mujer, los hijos, la instrucción, el fumar y el dormir.
-¿No le parece que no es lo más propio para un hombre así el it detrás del conductor? -me dijo William al oído, mientras arreglaba las riendas.
Saqué en consecuencia que deseaba que cambiáramos de sitio, y se lo propuse enrojeciendo.
-Bien; si a usted le da lo mismo -dijo William- creo que será más correcto.
Siempre he considerado aquella concesión como mi primera falta en la vida. Después de haber elegido mi asiento en las oficinas y de haber escrito al lado de mi nombre: «En el pescante», y de haber dado media corona al tenedor de libros por que me lo reservara; después de haberme puesto un gabán nuevo expresamente en honor de aquel eminente lugar; después de presumir mucho de it en él y parecerme que hacía honor al coche; después de todo eso, he aquí que a la primera insinuación me dejo suplantar por un hombre desarrapado, que no tiene más mérito que el oler a cuadra y ser capaz de pasar por encima de mí con la ligereza de una mosca mientras los caballos van casi al galope.
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