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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.206

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Debíamos tomar el té en casa del doctor. Llegamos a la hora de costumbre y lo encontramos en el estudio, al lado del fuego, con su esposa y su suegra. El doctor, que parecía creer que yo partía para la China, me recibió como a un huésped a quien se quiere hacer honor y pidió que pusieran un leño en la chimenea, para ver a la luz de la llama el rostro de su antiguo alumno.
-Ya no veré muchos rostros nuevos en el lugar de Trotwood, mi querido Wickfield -dijo el doctor calentándose las manos-; me vuelvo perezoso y quiero descansar. Dentro de seis meses lo dejaré todo en otras manos y me dedicaré a una vida tranquila.
-Ya hace diez años que dice usted lo mismo, doctor -dijo míster Wickfield.
-Sí; pero ahora estoy decidido -contestó el doctor-. El primero de mis profesores me sucederá. Esta vez es definitivo, y pronto tendrá usted que formalizar un contrato entre nosotros con todas las cláusulas obligatorias que hacen parecer a dos hombres de honor que se comprometen, dos pillos que desconfían el uno del otro.
-Y también tendré que tener cuidado para que no le engañen a usted -dijo míster Wickfield-, lo que ocurriría infaliblemente si lo hiciera usted solo. Pues bien; estoy dispuesto, y desearía que todos mis trabajos fuesen así.
-Y entonces, ya sólo me ocuparé del diccionario y de otro contrato... mi Annie.
Míster Wickfield la miró. Estaba sentada con Agnes al lado de la mesa de té y me pareció que evitaba los ojos del anciano con una timidez desacostumbrada, que sólo consiguió atraer más sobre ella su atención, como si se le hubiera ocurrido un pensamiento secreto.
-Parece ser que ha llegado un correo de la India -dijo después de un momento de silencio.
-Es verdad; lo olvidaba. Y hasta hemos recibido cartas de Jack Maldon.
-¡Ah! ¿De veras?
-Mi pobre Jack -dijo mistress Mackleham-. ¡Cuando pienso que está en ese clima terrible, donde hay que vivir, según me han dicho, sobre un montón de arena abrasadora y bajo un sol que ciega! Y él parecía fuerte; pero no lo era. El muchacho contaba con su valor más que con su naturaleza, mi querido doctor, cuando con tantos ánimos emprendió aquel viaje. Annie querida, estoy segura de que recuerdas perfectamente que tu primo no ha sido nunca fuerte, lo que se llama robusto -dijo mistress Mackleham con énfasis y mirándonos a todos- Lo sé desde los tiempos en que mi hija y él eran pequeños y se paseaban del brazo todo el día.
Annie no contestó.
-Lo que usted dice me hace suponer que mister Maldon está enfermo -dijo míster Wickfield.
-¿Enfermo? -replicó el Veterano- Amigo mío, está... toda clase de cosas...
-¿Excepto bien? -dijo mister Wickfield.
-Excepto bien, naturalmente -repuso el Veterano-, pues estoy segura de que ha cogido insolaciones terribles, fiebres y todo lo que se pueda imaginar; en cuanto al hígado -añadió con resignación-, se despidió de él desde el primer momento que se vio allí.


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