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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.205

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Lo que me extraña es que tú no hayas llegado a eso, Agnes.
Agnes, riendo, sacudió la cabeza.
-Ya sé que no, pues me lo habrías dicho, o por lo menos -dije viéndola enrojecer ligeramente- me lo habrías dejado adivinar. Pero no conozco a nadie que sea digno de lo cariño, Agnes; necesitaría conocer a un hombre de un carácter más elevado y dotado de más mérito que todos los que lo han rodeado hasta ahora para dar mi consentimiento. De aquí en adelante vigilaré a tus admiradores, y te prevengo que seré muy exigente con el elegido.
Habíamos charlado hasta aquel momento en un tono de broma lleno de confianza, aunque mezclado con cierta seriedad, resultado de la amistad íntima que nos había unido desde la infancia; pero de pronto Agnes levantó los ojos y, cambiando de tono, me dijo:
-Trotwood, quiero decirte una cosa, y quizá no vuelva a tener, en mucho tiempo, ocasión de preguntártela; es algo que nunca me decidiría a preguntar a otro. ¿Has observado en papá un cambio progresivo?
Lo había observado y me había preguntado a mí mismo muchas veces si ella no se daba cuenta. Mi rostro traicionaba sin duda lo que pensaba, pues bajó los ojos al momento y vi que estaban llenos de lágrimas.
-Díme lo que ves -dijo en voz baja.
-Temo. ¿Puedo hablarte con toda franqueza, Agnes? Ya sabes el cariño que le tengo a tu padre.
-Sí -dijo ella.
-Temo que se perjudique con esa costumbre, que ha ido aumentando por días desde mi llegada a esta casa. Se ha vuelto muy nervioso, o al menos a mí me lo parece.
-Y no te equivocas -dijo Agnes moviendo la cabeza.
-Le tiemblan las manos, no habla claro y a veces sus ojos no se fijan. He observado que en esos momentos, cuando no está en su estado normal, es casi siempre cuando le buscan para algún asunto.
-Sí, Uriah -dijo Agnes.
-Y la idea de que no se encuentra en estado de ocuparse de ello, que no lo ha comprendido bien o que no ha podido disimular su estado parece atormentarle de tal modo, que al día siguiente todavía es peor, y peor al otro; y de eso proviene su agotamiento y su aire asustado. Pero no te preocupes demasiado, Agnes, porque muy pocas veces le he visto en ese estado. El otro día le encontré con la cabeza apoyada en su pupitre y llorando como un niño.
Agnes apoyó suavemente su mano sobre mis labios, y un instante después se había unido a su padre en la puerta del salón y se apoyaba en su hombro. Me miraban los dos, y me conmovió profundamente la expresión del rostro de Agnes. Había en su mirada una ternura tan profunda por su padre, tanto reconocimiento; me pedía de tal modo que fuera indulgente para juzgarle y que no pensara mal; parecía a la vez tan orgullosa de él, tan abnegada, tan compasiva y tan triste; me expresaba con tanta claridad que estaba segura de mi simpatía, que todas las palabras del mundo no me habrían podido decir más ni conmoverme más profundamente.


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