David Copperfield (Charles Dickens) - pág.204
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Yo manifesté que esperaba llegar a ser lo que ella deseaba.
-Para que tengas ocasión de obrar un poco por tu cuenta, voy a enviarte solo a ese pequeño viaje -dijo mi tía-. En el primer momento había pensado que mister Dick fuera contigo; pero meditándolo bien, prefiero que se quede aquí cuidándome.
Mister Dick pareció por un momento algo desilusionado; pero el honor y la dignidad de tenerse que quedar cuidando de la mujer más admirable del mundo hizo que volviera la alegría a su rostro.
-Además -dijo mi tía-, tiene que dedicarse a la Memoria.
-¡Ah!, es cierto -dijo mister Dick con precipitación-. Estoy decidido, Trotwood, a terminarla inmediatamente; time que terminarse inmediatamente, para enviarla, ya sabes; y entonces -dijo mister Dick después de una larga pausa-,y entonces, al freír será el reír ....
A consecuencia de los cariñosos proyectos de mi tía, pronto me vi provisto de dinero y tiernamente despedido para mi expedición. Al partir, mi tía me dio algunos consejos y muchos besos, y me dijo que como su objetivo era que tuviese ocasión de ver mundo y de pensar un poco, me recomendaba que me detuviera algunos días en Londres, si quería, al it a Sooffolk o al volver; en una palabra, era completamente libre de hacer lo que quisiera durante tres semanas o un mes, sin otras condiciones que las de reflexionar, ver mundo y escribirle tres veces por semana teniéndola al corriente de mi vida.
En primer lugar me dirigí a Canterbury para decir adiós a Agnes y a míster Wickfield (mi antigua habitación en aquella casa todavía me pertenecía). También quería despedirme del buen doctor Strong. Agnes se puso muy contenta al verme y me dijo que la casa no le parecía la misma desde que yo no estaba.
-Yo tampoco me reconozco desde que me he marchado -le dije-; me parece que he perdido mi mano derecha, aunque es decir muy poco, pues en la mano no tengo el corazón ni la cabeza. Todo el que te conoce te consulta y se deja guiar por ti, Agnes.
-Es porque todos los que me conocen me miman demasiado -me contestó sonriendo.
-No, Agnes; es que tú eres diferente a todos; tan buena, tan dulce, tan acogedora; además, siempre tienes razón.
-Me estás hablando -me dijo con alegre sonrisa, mientras continuaba su trabajo- como si fuera la mayor de las Larkins.
-Vamos; no está bien que abuses de mis confidencias -le respondí enrojeciendo al recuerdo de mi ídolo de cintas azules-. Pero es que no podía por menos de confesarme a ti, Agnes, y no perderé nunca esa costumbre si tengo penas, y si me enamoro, te lo diré enseguida, si es que quieres oírlo, aun cuando sea que me enamore en serio.
-Pero si siempre te has enamorado en serio -dijo Agnes echándose a reír.
-¡Ah!, entonces era un niño, un colegial -dije también riendo, pero algo confuso-. Los tiempos han cambiado, y temo que algún día tomaré ese asunto terriblemente en serio.
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