David Copperfield (Charles Dickens) - pág.202
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Toda la noche estoy bailando el vals en mi imaginación, enlazando con mi brazo el tape azul de mi divinidad. Durante varios días sigo perdido en extáticas reflexiones; pero no la veo en la calle ni en su casa. Me consuela de ello el recuerdo sagrado de la flor marchita.
-Trotwood -me dice Agnes un día después de cenar-, ¿a que no lo figuras quién se casa mañana? Alguien a quien admiras.
-¿Supongo que no serás tú, Agnes?
-Yo no -contesta levantando su rostro risueño de la música que estaba copiando- ¿Lo has oído, papá? Es miss Larkins, la mayor.
-¿Con... con el capitán Bailey? -tengo apenas la fuerza de preguntar.
-No, con ningún capitán; con míster Chestler, que es un agricultor.
Durante una o dos semanas estoy abatido. Me quito la sortija, me pongo las peores ropas, dejo de usar cosmético y lloro con frecuencia sobre la flor marchita que fue de miss Larkins. Al cabo de aquel tiempo observo que me cansa ese género de vida, y habiendo recibido otra provocación del carnicero, tiro la flor, le cito, nos pegamos y le venzo con gloria. Esto y la reaparición de mi sortija y el use moderado del cosmético son las últimas huellas que encuentro de mi llegada a los dieciocho años.
CAPÍTULO XIX
MIRO A MI ALREDEDOR Y HAGO UN DESCUBRIMIENTO
No sé si estaba alegre o triste cuando mis días de colegio terminaron y llegó el momento de abandonar la casa del doctor Strong. ¡Había sido muy feliz allí! Tenía verdadero cariño al doctor y, además, en aquel pequeño mundo se me consideraba como una eminencia. Estas razones me hacían estar triste; pero otras bastantes más insustanciales me alegraban. Vagas esperanzas de ser un hombre independiente; de la importancia que se da a un hombre independiente; de las cosas maravillosas que podían ser ejecutadas por aquel magnífico animal, y de los mágicos efectos que yo no podría por menos de causar en sociedad; todo esto me seducía. Estas fantásticas consideraciones tenían tanta fuerza en mi cerebro de chiquillo que me parece, según mi actual modo de pensar, que dejé el colegio sin la pena debida, y aquella separación no causó en mí la impresión que sí causaron otras. Trato en vano de recordar lo que sentí entonces y cuáles fueron las circunstancias de mi partida; pero no ha dejado huella en mis recuerdos. Supongo que el porvenir abierto ante mí me ofuscaba. Sé que mi experiencia juvenil contaba entonces muy poco o nada, y que la vida me parecía un largo cuento de hadas que iba a empezar a leer, y nada más.
Mi tía y yo sosteníamos frecuentes deliberaciones sobre la carrera que debía seguir. Durante un año o más traté en vano de encontrar contestación satisfactoria a su insistente pregunta:
-¿Qué te gustaría ser?
Por más que pensaba, no descubría ninguna afición especial por nada. Si me hubiera sido posible tener por inspiración conocimientos de náutica creo que me habría gustado tomar el mando de una valiente expedición que en un buen velero diera la vuelta al mundo en un viaje triunfante de exploración; así me habría sentido satisfecho.
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