David Copperfield (Charles Dickens) - pág.198
Indice General
|
Volver
Página 198 de 653
El doctor Strong habla de mí públicamente como de un muchacho de mucho porvenir. Míster Dick está loco de alegría, y mi tía me envía una guinea en el primer correo.
La sombra de un chico de una camicería aparece ante mí como la cabeza armada en Macheth. ¿Quién es ese muchacho? Es el terror de la juventud de Canterbury. Corren rumores de que la médula de buey con que unge sus cabellos le da una fuerza sobrenatural, y que podría luchar contra un hombre. Es un chico de cara ancha, con cuello de toro, las mejillas rojas, mal espíritu y peor lengua. Y el principal empleo que hace de ella es hablar mal de los alumnos del doctor Strong. Dijo públicamente que con una sola mano y la otra atada a la espalda era capaz de dar una paliza a cualquiera y nombró a varios (a mí entre otros). Esperaba en la calle a los más pequeños de nuestros compañeros y los machacaba a puñetazos. Un día me desafió en voz alta al pasar por su lado, a consecuencia de lo cual decidí que nos pegásemos.
En una noche de verano, en una verde hondonada, en el rincón de una tapia, nos encontramos. Me acompañan unos cuantos compañeros elegidos; mi adversario ha llegado con otros dos carniceros, un mozo de café y un deshollinador. Terminados los preliminares, el carnicero y yo nos encontramos frente a frente. En un instante me hace ver las estrellas asestándome un golpe en una ceja. Un minuto después ya no sé dónde está la tapia ni dónde estoy yo, ni veo a nadie. Pierdo la noción de quién es el carnicero y quién soy yo. Me parece que nos confundimos uno con otro, luchando cuerpo a cuerpo sobre la hierba aplastada bajo nuestros pies. A veces veo a mi enemigo ensangrentado, pero tranquilo; a veces no veo nada y me apoyo sin aliento contra la rodilla de uno de mis compañeros. Otras veces me lanzo con furia contra el carnicero y me araño los puños con su rostro, lo que no parece turbarle lo más mínimo. Por fin, me despierto con la cabeza mal, como si saliera de un profundo sueño, y veo al carnicero que se aleja arreglándose la blusa y recibiendo las felicitaciones de sus dos compañeros y del deshollinador y del mozo de café, de lo que deduzco, muy justamente, que la victoria es suya.
Me llevan a casa en un estado deplorable, me aplican carne cruda encima de los ojos, me frotan con vinagre y brandy. Mi labio superior se hincha poco a poco de una manera desenfrenada. Durante tres o cuatro días no salgo de casa; no estoy nada guapo con la pantalla verde encima de los ojos, y me aburriría mucho si Agnes no fuera para mí una hermana. Simpatiza con mis infortunios, lee para mí en voz alta, y gracias a ella el tiempo pasa rápida y dulcemente. Agnes es mi confidente y le cuento con todo detalle mi aventura con el carnicero y todas las ofensas que me había hecho; ella opina que no podía por menos que pegarme, aunque tiembla y se estremece al pensar en aquel terrible combate.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|