David Copperfield (Charles Dickens) - pág.197
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Pero... ¿a quién recuerdo ahora? A miss Shepherd, a quien amo.
Miss Shepherd es alumna de miss Nitingal, y yo adoro a miss Shepherd. Es una niña de carita redonda y bucles rubios.
Las alumnas de miss Nitingal van también a la catedral los domingos, y yo no puedo mirar a mi libro, pues a pesar mío tengo que estar mirando a miss Shepherd. Cuando el coro canta, me parece oír a miss Shepherd. Introduzco en secreto el nombre de miss Shepherd en los oficios, lo pongo en medio de la familia real. Y en casa, solo en mi habitación, estoy a punto de gritar: «¡Oh miss Shepherd, miss Shepherd! », en un arrebato de entusiasmo.
Durante cierto tiempo estoy en la mayor incertidumbre, sin saber los sentimientos de ella; pero por fin la suerte me es propicia y nos encontramos en casa del profesor de baile. Miss Shepherd baila conmigo. Toco su guante, y siento un estremecimiento que me sube desde el puño a la punta de los pelos. No digo nada tierno a miss Shepherd, pero nos comprendemos. Miss Shepherd y yo vivimos en la esperanza de estar un día unidos.
¿Por qué doy a hurtadillas a miss Shepherd doce nueces de Brasil? No expresan cariño; son difíciles de envolver, formando un paquete poco regular; son muy duras y cuesta trabajo cascarlas aun en la rendija de una puerta; además la almendra es aceitosa. Sin embargo, me parece un regalo conveniente para ofrecer a miss Shepherd. También le llevo bizcochos calientes y naranjas, muchísimas naranjas. Un día doy un beso a miss Shepherd en el guardarropa. ¡Qué éxtasis! Y cuál es mi indignación al día siguiente cuando oigo rumores de que miss Nitingal ha castigado a miss Shepherd por torcer los pies hacia adentro.
Miss Shepherd es la preocupación y el sueño de mi vida. ¿Cómo es posible que haya roto con ella? No lo sé. Sin embargo, es un hecho. Oigo contar bajito que miss Shepherd se ha atrevido a decir que le fastidia que la mire tanto, y que ha confesado que le gusta más Jones. ¡Jones! ¡Un muchacho que no vale la pena! El abismo se abre entre nosotros. Por último, otro día que me encuentro, mientras paseo, con las alumnas de miss Nitingal, miss Shepherd hace un gesto al pasar y se ríe con su compañera. Todo ha terminado. La pasión de mi vida (como a mí me parece que ha durado una vida es como si así fuera) ha pasado; mis Shepherd desaparece de los oficios, la familia real no vuelve a saber de ella.
Obtengo un puesto más adelantado en clase y nadie turba mi reposo. Ya no soy amable con las alumnas de miss Nitingal, ni me gusta ninguna, aunque fueran dos veces más numerosas y veinte veces más guapas. Considero las lecciones de baile como una molestia y me pregunto por qué esas niñas no bailarán solas dejándonos en paz. Me hago fuerte en versos latinos y olvido abrocharme las botas.
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