David Copperfield (Charles Dickens) - pág.196
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En estas circunstancias, humillantes de sufrir, humillantes de contemplar y humillantes de relatar, he saldado las deudas contraídas en este establecimiento firmando una letra pagadera a quince días fecha en mi residencia de Pentonville, en Londres, y cuando llegue el momento no se podrá pagar. Resultado, la ruina. La pólvora estalla y el árbol cae.
Deje al desgraciado que se dirige a usted, mi querido Copperfield, ser un ejemplo para toda su vida. Con esta intención le escribo y con esta esperanza. Si pienso que al menos puedo serie útil de este modo, será como una luz en la sombría existencia que me queda, aunque, a decir verdad, en estos momentos la longevidad es extraordinariamente problemática.
Estas son las últimas noticias, mi querido Copperfield, que recibirá del
miserable proscrito
WILKINS MICAWBER
Me impresionó tanto el contenido de aquella carta desgarradora, que corrí al momento hacia el hotel, con intención de entrar, antes de ir al colegio, y tratar de calmar y consolar a míster Micawber. Pero a la mitad del camino me encontré la diligencia de Londres. El matrimonio Micawber iba sentado en la imperial. El parecía completamente tranquilo y dichoso y sonreía escuchando a su mujer, mientras comía nueces que sacaba de una bolsita de papel. También se veía asomar una botella por uno de los bolsillos. No me veían, y juzgue que, pensándolo bien, era mucho mejor no llamar su atención. Con el espíritu libre de un gran peso, me metí por una callejuela que llevaba directamente al colegio, y en el fondo me sentí bastante satisfecho de su marcha, lo que no me impedía quererlos como siempre.
CAPÍTULO XVIII
MIRADA RETROSPECTIVA
¡Mis días de colegial! ¡El silencioso deslizarse de mi existencia! ¡El oculto a insensible progreso de mi vida; de la niñez a la juventud!
Dejadme que piense, mirando hacia atrás, en el agua que corre de aquel río que ahora es sólo un cauce seco y con hojas. Quizá a lo largo de su curso podré encontrar aún huellas que me recuerden su correr de antaño.
Y durante un momento volveré a ocupar mi sitio en la catedral, donde íbamos todos los domingos por la mañana, después de reunirnos con tal fin en clase. El olor a tierra húmeda, el aire frío, el sentimiento de que la puerta de la iglesia está cerrada al mundo, el sonido del órgano bajo los arcos blancos de la nave central, son las alas que me sostienen planeando sobre aquellos días lejanos, como si soñara medio despierto.
Ya no soy el último de la clase. En pocos meses he saltado sobre varias cabezas. Pero Adams, el primero, me parece todavía una criatura extraordinaria y lejana, colocada en alturas inaccesibles. Agnes dice que no, y yo digo que sí, insistiendo, porque ella no sabe el talento, la sabiduría que posee Adams, que es quien ocupa ese lugar, al que Agnes aspira verme llegar algún día. Adams no es mi amigo, ni mi protector, como Steerforth, pero siento por él veneración y respeto; sobre todo me interesa pensar lo que hará cuando salga del colegio, y pienso si habrá en el mundo alguien bastante presuntuoso que se atreva a competir con él.
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