David Copperfield (Charles Dickens) - pág.193
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Mistress Micawber se sorprendió mucho, pero estaba encantada de verme. Yo también estaba muy contento, y después de un cambio de cumplidos cariñosos, me senté en el sofá a su lado.
-Querida mía -dijo Micawber-, si quieres contarle a Copperfield nuestra situación actual, que le gustará conocer, yo iré entretanto a echar una ojeada al periódico para ver si surge algo en los anuncios.
-Les creía a ustedes en Plimouth -dije cuando Micawber se marchó.
-Mi querido Copperfield-replicó ella-; en efecto, hemos estado allí.
-¿Para tomar posesión de un destino?
-Precisamente -dijo mistress Micawber- para tomar posesión de un destino; pero la verdad es que en la Aduana no quieren un hombre de talento. La influencia local de mi familia no podía sernos de ninguna utilidad para proporcionar un empleo en la provincia a un hombre de las facultades de míster Micawber. No quieren un hombre así, pues sólo habría servido para hacer más visible la deficiencia de los demás. Tampoco he de ocultarle, mi querido Copperfield-continuó mistress Micawber-, que la rama de mi familia establecida en Plimouth, al saber que yo acompañaba a mi marido, con el pequeño Wilkis y su hermana y con los dos mellizos, no le recibieron con la cordialidad que era de esperar en los momentos trágicos por los que atravesábamos. El caso es -dijo mistress Micawber bajando la voz-, y esto entre nosotros, que la recepción que nos hicieron fue un poco fría.
-¡Dios mío! -dije.
-Sí -continuó mistress Micawber-. Es triste considerar a la humanidad bajo ese aspecto, Copperfield; pero la recepción que nos hicieron fue decididamente un poco fría. No hay que dudarlo. El hecho es que mi familia de Plimouth se puso completamente en contra de míster Micawber antes de una semana.
Yo le dije (y lo pienso) que debían avergonzarse de su conducta.
-He aquí lo que ha pasado -continuó mistress Micawber-. En semejantes circunstancias, ¿qué podía hacer un hombre del orgullo de mi marido? No había otro recurso que pedir a aquella gente el dinero necesario para volver a Londres; el caso era volver, fuera como fuera.
-¿Y entonces se volvieron ustedes?
-Sí; volvimos todos -respondió mistress Micawber-. Desde entonces he consultado con otros miembros de mi familia sobre el partido que debía tomar míster Micawber, pues sostengo que hay que tomar una resolución, Copperfield -insistió mistress Micawber, como si yo le dijera lo contrario-. Es evidente que una familia compuesta de seis personas, sin contar a la criada, no puede vivir del aire.
-Ciertamente, señora -dije.
-La opinión de las diversas personas de mi familia -continuó mistress Micawber- fue que mi marido debía inmediatamente dedicar su atención al carbón.
-¿A qué, señora?
-A los carbones -repitió mistress Micawber-. Al comercio del carbón. Micawber, después de tomar informes concienzudos, pensó que quizá habría esperanzas de éxito, para un hombre de capacidad, en el negocio de carbones de Medway y decidió que lo primero que había que hacer era visitar el Medway. Y con ese objeto hemos venido. Digo hemos, míster Copperfield, porque yo nunca abandonaré a Micawber-añadió con emoción.
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