David Copperfield (Charles Dickens) - pág.188
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Agnes fue una de las personas que antes se hizo amiga de míster Dick, y también cuando íbamos a casa hizo amistad con Uriah Heep.
La amistad entre míster Dick y yo crecía por momentos, pero de un modo extraño, pues míster Dick, que era nominalmente mi tutor y venía a verme como mi guardián, era quien me consultaba siempre en sus pequeñas dudas y dificultades a invariablemente se guiaba por mis consejos, no solamente sintiendo un gran respeto por mi natural inteligencia, sino convencido de que había sacado mucho de mi tía.
Un jueves por la mañana, cuando volvía de acompañar a míster Dick desde el hotel a la diligencia, antes de entrar en clase me encontré a Uriah Heep en la calle; hablamos y me recordó mi promesa de tomar una tarde el té con ellos, y añadió con modestia:
-Aunque no espero que vaya usted, míster Copperfield; ¡somos una gente tan humilde!
Yo, en realidad, todavía no había visto claro si me gustaba Uriah o si me repugnaba; todavía estaba en esas dudas cuando me lo encontré cara a cara en la calle. Pero sentí como una afrenta el que me supusiera orgulloso, y le dije que únicamente había esperado a que ellos me invitaran.
-¡Oh!, si es así, míster Copperfield -dijo Uriah-; si verdaderamente no es nuestra humildad lo que le detiene, ¿quiere usted venir esta tarde? Pero si fuera nuestra modestia, no le importe decírmelo, míster Copperfield, pues estamos tan convencidos de nuestra situación...
Le respondí que hablaría de ello a míster Wickfield, y que si lo aprobaba, como estaba seguro, iría con gusto. Así, a las seis de la tarde le anuncié que cuando él quisiera.
-Mi madre se sentirá muy orgullosa -dijo-; mejor dicho, así se sentiría si no fuera pecado, míster Copperfield.
-Sin embargo, usted esta mañana ha supuesto que yo pecaba de eso mismo.
-No, no, querido míster Copperfield, créame, no. Tal pensamiento nunca se me ha pasado por la imaginación. Nunca me hubiera parecido usted orgulloso por encontrarnos demasiado humildes. ¡Somos tan poca cosa!
-¿Ha estudiado usted mucho Derecho últimamente? -pregunté por cambiar la conversación.
-¡Oh míster Copperfield! Mis lecturas mal pueden llamarse estudios. Por la noche he pasado a veces una hora o dos con el libro de Tidd.
-Presumo que será muy difícil.
-A veces sí me resulta algo duro -contestó Uriah-, pero no sé lo que podrá ser para una persona en otras condiciones.
Después de tamborilear en su barbilla con dos dedos de su mano esquelética, añadió:
-Hay expresiones, ¿sabe usted, míster Copperfield?, palabras y términos latinos en el libro de Tidd que confunden mucho a un lector de cultura tan modesta como la mía.
-¿Le gustaría a usted aprender latín? -le dije vivamente-. Yo podría enseñárselo a medida que yo mismo lo estudio.
-¡Oh!, gracias míster Copperfield -respondió sacudiendo la cabeza- Es usted muy bueno al ofrecerse, pero yo soy demasiado humilde para aceptar.
-¡Qué tontería, Uriah!
-Perdóneme, míster Copperfield; se lo agradezco infinitamente y sería para mí un placer muy grande, se lo aseguro; pero soy demasiado humilde para ello.
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