David Copperfield (Charles Dickens) - pág.187
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No desechaba nada, convertía en peones de ajedrez los huesos de chuleta, hacía carros romanos con cartas viejas, ruedas con un carrete y jaulas de pájaro con trocitos de alambre; pero lo más admirable eran las casas que hacía con pajas o con hilos. Estábamos seguros de que con sus manos sabría hacer todo lo que quisiéramos.
La fama de míster Dick no quedó confinada a los pequeños. Al cabo de pocos miércoles el doctor Strong en persona me hizo algunas preguntas sobre él, y yo le contesté todo lo que sabía por mi tía. Al doctor le interesó muchísimo y me pidió que en la próxima visita se lo presentara. Después de cumplida esta ceremonia el doctor rogó a míster Dick que siempre que no me encontrase en las oficinas de la diligencia fuera allí directamente a esperar la hora de salida, y pronto míster Dick hizo costumbre de ello, y si nos retrasábamos un poco, como sucedía a menudo, se paseaba por el patio esperándome. Allí hizo amistad con la linda mujercita del doctor (pálida y triste desde hacía tiempo, se le veía menos que antes y había perdido mucha de su alegría, pero no por eso estaba menos bonita), y fue por grados tomando cada vez más confianza, hasta que terminó entrando a esperarme en clase.
Se sentaba siempre en un rincón determinado y en un taburete determinado, que bautizamos con el nombre de «Dick». Allí permanecía tiempo y tiempo, con la cabeza inclinada, escuchándonos con profunda veneración por aquella cultura que él nunca había podido adquirir.
Aquella veneración la extendía míster Dick al doctor, de quien pensaba que era el más sutil filósofo de cualquier época. Pasó mucho tiempo antes de que se decidiera a hablarle de otro modo que con la cabeza descubierta, y aun después, cuando el doctor se había hecho muy amigo suyo y paseaban juntos por el patio, por el lado que los chicos llamábamos el «paseo del doctor», míster Dick no podía por menos que quitarse el sombrero de vez en cuando, para demostrar su respeto por tanta sabiduría. ¿Cómo empezó el doctor a leerle fragmentos de su famoso diccionario mientras se paseaban? No lo sé; quizá al principio pensaba que era lo mismo que leerlo solo. Sin embargo, también se hizo costumbre, y míster Dick lo escuchaba con el rostro resplandeciente de orgullo y de felicidad, y en el fondo de su corazón estaba convencido de que el diccionario era el libro más delicioso del mundo.
Cuando pienso en aquellos paseos por delante de las ventanas de la clase; el doctor leyendo con su sonrisa complaciente y acompañando en ocasiones su lectura de un grave movimiento de cabeza, y míster Dick escuchando embelesado, mientras su pobre cerebro vagaba, Dios sabe dónde, en alas de las palabras complicadas, pienso que era una de las cosas más tranquilas y dulces que he visto en mi vida, y creo que si hubieran podido pasear así siempre más hubiera valido. Hay muchas cosas que han hecho mucho ruido en el mundo sin valer ni la mitad que aquello, a mis ojos.
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