David Copperfield (Charles Dickens) - pág.182
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Corrí para reunirme con ellos y llegué muy cerca del coche en el momento de arrancar, y me causó una impresión muy fuerte, en medio del ruido y del polvo, ver a Jack Maldon con el rostro agitado y algo color cereza entre sus manos.
Después de vitorear también al doctor y a su señora, los chicos se dispersaron, y yo volví a entrar en la casa, donde encontré a todos formando corro alrededor del doctor, discutiendo sobre la marcha de Jack Maldon, sobre su valor, sus emociones y todo lo demás. En medio de todas aquellas observaciones, mistress Mackleham gritó:
-¿Dónde está Annie?
No estaba allí, y cuando la llamaron no contestó. Entonces todos salieron a un tiempo del salón para ver qué pasaba, y nos la encontramos tendida en el suelo del vestíbulo. En el primer momento fue muy grande la alarma; pero enseguida se dieron cuenta de que sólo estaba desmayada y de que empezaba ya a volver en sí con los medios que en esos casos se emplean. El doctor, levantándole la cabeza y apoyándola en sus rodillas, separó los bucles de su frente y dijo mirando a su alrededor:
-¡Pobre Annie! ¡Es tan cariñosa, que la partida de su amigo de la infancia ha sido la causa de esto! ¡Cómo lo siento! ¡Estoy muy disgustado!
Cuando Annie abrió los ojos y vio dónde estaba y que todos la rodeaban, se levantó a inclinó la cabeza en el pecho del doctor, no sé si para apoyarse o para ocultarla, y todos entramos de nuevo en el salón, dejándola con el doctor y con su madre. Pero, al parecer, ella dijo que se encontraba mejor de lo que había estado durante todo el día y quiso volver entre nosotros. La trajeron muy pálida y débil y la sentaron en el sofá.
-Annie, querida mía -dijo su madre arreglándole el traje-; mira, has perdido uno de tus lazos. ¿Quiere alguien ser tan amable de buscarlo? Es una cinta de color cereza.
Era la que llevaba en el pecho. La buscaron, y yo también la busqué por todas partes, estoy seguro; pero nadie consiguió encontrarla.
-¿No recuerdas si la tenías hace un momento, Annie? -dijo su madre.
Me sorprendió cómo, estando tan pálida, pudo ponerse de pronto roja como la grana al contestar que sí la tenía hacía un momento; pero que no merecía la pena buscarla.
Seguimos buscándola sin resultado y, por último, insistió tanto en que no merecía la pena, que las pesquisas se enfriaron. Cuando dijo que se encontraba completamente bien, todos nos levantamos y dijimos adiós.
Volvíamos muy despacio míster Wickfield, Agnes y yo. Agnes y yo admirábamos la luz de la luna; pero míster Wickfield no levantaba los ojos del suelo. Cuando por fin llegamos delante de nuestra puerta, Agnes se dio cuenta de que había olvidado su bolsita de labor. Encantado de poder prestarle algún servicio, volví corriendo a buscarla.
Entré en el comedor, que era donde se la había dejado; estaba oscuro y desierto, pero una puerta de comunicación entre aquella habitación y el estudio del doctor, donde había luz, estaba abierta, y me dirigí allí para decir lo que deseaba y pedir una vela.
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