David Copperfield (Charles Dickens) - pág.178
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Se llamaba mistress Mackleham; pero los chicos solían llamarla el Veterano, por la táctica con que hacía maniobrar contra el doctor al numeroso batallón de sus parientes. Era una mujercita de ojos penetrantes, que llevaba siempre, cuando iba muy vestida, una toca adornada con flores artificiales y dos mariposas, también artificiales, que revoloteaban alrededor de las flores. Se decía entre nosotros que aquella toca procedía, seguramente, de Francia y, en efecto, su origen debía de ser de aquella ingeniosa nación; pero lo que sé con certeza es que aparecía por las noches por todas partes por donde mistress Mackleham hacía su entrada, pues tenía un cestito chino para llevarla de una casa a otra. Las mariposas tenían el don de revolotear con sus alas temblorosas como las abejas laboriosas, aunque al doctor Strong sólo le ocasionaba gastos.
Observaba al Veterano, y conste que no adopto el nombre por faltarle al respeto, con toda comodidad una noche que se me hizo memorable por otro incidente que también voy a relatar. El doctor daba aquella noche una reunión de despedida en honor de Jack Maldon, que se marchaba a las Indias, donde iba como cadete en un regimiento o algo parecido, habiendo terminado por fin aquel asunto míster Wickfield. Ese día era también el cumpleaños del doctor. Hacíamos una fiesta y le habíamos hecho nuestro regalo por la mañana. El número uno había pronunciado un discurso en nombre de todos los alumnos y le habíamos vitoreado hasta quedar roncos, lo que le había emocionado haciéndole llorar. Y ahora, por la noche, míster Wickfield, Agnes y yo veníamos a tomar el té en su compañía.
-He olvidado, doctor -dijo la madre de mistress Strong cuando nos hubimos sentado-, felicitarle en este día, como es de rigor, aunque en mi caso esto no es una fórmula; permítame desearle muchas felicidades para este año y muchos que le sigan.
-Muchas gracias, señora -contestó el doctor.
-Muchos, muchos, muchos años de felicidad -dijo el Veterano-, no solamente por usted, sino también por Annie, por Jack Maldon y por otras muchas personas.
-Me parece que fue ayer, Jack -continuó-, cuando eras una criaturita. Copperfield sería mayor que tú cuando cortejabas a Annie detrás de las grosellas en el fondo del jardín.
-Mamá -dijo mistress Strong-, ya no te debe importar esto.
-Annie, no seas absurda -repuso su madre-. Si te ruborizas al oír estas cosas ahora, que eres toda una señora casada, ¿cuándo vas a dejar de azorarte al oírlas?
-¡Vaya, Annie -exclamó Jack Maldon-, vamos!
-Sí, John; de hecho una señora madura, aunque no lo sea por la edad; porque ¿quién me ha oído decir que una muchacha de veinte años sea madura por la edad? Tu prima es la mujer del doctor y como tal la he descrito. Es mejor para ti, John, que tu prima sea la mujer del doctor; has encontrado en él un buen amigo con influencia, que aún será mejor, me atrevo a predecírtelo, si te lo mereces. No es falsa vanidad, pues dudo en admitir francamente que hay algunos miembros de nuestra familia que necesitan un amigo.
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