David Copperfield (Charles Dickens) - pág.175
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-¡Ah! En verdad, míster Copperfield, su tía es una mujer muy amable.
Cuando quería expresar entusiasmo se retorcía de la manera más extraña; nunca he visto nada más feo. Así, olvidé por un momento los cumplidos que hacía de mi tía, para fijarme en las sinuosidades de serpiente que imprimía a todo su cuerpo.
-Una señora muy amable, míster Copperfield -repuso-, y creo que tiene una gran admiración por miss Agnes.
Respondí que sí, aunque no sabía nada. ¡Dios me perdone!
-Y espero que usted piensa como ella; ¿no es así?
-Todo el mundo debe estar de acuerdo en eso -respondí yo.
-¡Oh!, muchas gracias por esa observación, míster Copperfield -dijo Uriah Heep-. Eso que dice usted es tan cierto; a pesar de mi humildad sé que es tan cierto. ¡Oh, gracias, míster Copperfield!
Y se retorció en la exaltación de sus sentimientos. Después se levantó y empezó a prepararse para marchar.
-Mi madre debe estar esperándome -dijo mirando un reloj opaco a insignificante que sacó del bolsillo-, y debe de empezar a estar inquieta, pues dentro de nuestra humildad nos queremos mucho. Si quisiera usted venir a vernos un día y tomar una taza de té en nuestra pobre morada mi madre se sentiría tan orgullosa como yo de recibirle.
Respondí que iría con mucho gusto.
-Gracias, míster Copperfield -dijo Uriah poniendo su libro encima del estante- ¿Supongo que estará usted aquí bastante tiempo?
Le dije que suponía que viviría con míster Wickfield mientras estuviera en el colegio.
-¡Ah! -exclamó Uriah-. Entonces pienso que terminará usted entrando en los negocios, míster Copperfield.
Yo dije que no tenía la menor intención de ello y que a nadie se le había ocurrido pensar semejante cosa; pero Uriah se empeñaba en contestar a todas mis réplicas: «¡Oh, sí, míster Copperfield; seguramente!», o bien: « ¡Oh, naturalmente, míster Copperfield; estoy seguro de que será así!». Por último, cuando terminó sus preparativos, me preguntó si le permitía apagar la luz, y al contestarle que sí, la apagó al instante, y después de estrecharme la mano (que en la oscuridad me pareció un pez), entreabrió la puerta de la calle, se deslizó fuera y la volvió a cerrar, dejándome que buscara mi camino a tientas, lo que hice con mucho trabajo, después de tropezar contra su taburete. Por esto sin duda estuve soñando con él la mitad de la noche. Entre otras cosas, le vi lanzar al mar la casa de míster Peggotty para dedicarse a una expedición pirata bajo una bandera negra que llevaba como divisa « La práctica de Tidd» y que nos arrastraba tras de sí bajo aquella enseña diabólica a la pequeña Emily y a mí para ahogarnos en los mares españoles.
Al día siguiente, cuando fui a la escuela, me sentí menos tímido, y mucho menos al otro, y así fui por grados hasta que me encontré completamente a mis anchas y feliz entre mis nuevos compañeros.
Todavía era torpe en los juegos y estaba atrasado en ¡Os estudios; pero contaba con la costumbre para conseguir lo primero, y pensaba trabajar mucho en lo segundo.
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