David Copperfield (Charles Dickens) - pág.172
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-¿Se refiere usted a que mistress Strong no habría tenido más que decírselo a su marido, no es así? -dijo míster Wickfield.
-Exactamente -replicó Maldon-. Con que ella le hubiera dicho que fueran las cosas de otra manera, lo habrían sido como la cosa más natural.
-¿Y por qué como la cosa más natural, míster Maldon? -preguntó míster Wickfield, que seguía comiendo tranquilamente.
-¡Ah! Porque Annie es una chiquilla encantadora, y el viejo doctor, el doctor Strong quiero decir, no es precisamente un muchacho -dijo Jack Maldon riéndose-. No quiero ofender a nadie, míster Wickfield; quiero únicamente decir que supongo que alguna compensación es necesaria y razonable en esa clase de matrimonios.
-¿Compensaciones para la señora, caballero? -preguntó míster Wickfield con gravedad.
-Sí; para la señora, caballero -contestó Jack Maldon riendo.
Pero observando que mister Wickfield continuaba su comida con la misma tranquila impasibilidad y que no había esperanzas de que se ablandara un solo músculo de su rostro, añadió:
-Sin embargo, ya he dicho todo lo que tenía que decir, y pidiéndole de nuevo perdón por ser inoportuno, me retiro. Naturalmente que seguiré sus consejos, considerando el asunto como cosa tratada entre usted y yo solamente, y no haré referencia a ello en casa del doctor.
-¿Ha comido usted? -preguntó míster Wickfield señalándole la mesa.
-Gracias; voy a comer con mi prima Annie -dijo Maldon-. Adiós.
Míster Wickfield, sin levantarse, lo miró pensativo mientras se marchaba. Maldon era uno de esos muchachos superficiales, guapos, charlatanes y de aspecto confiado y atrevido. Esta fue la primera vez que vi a Jack Maldon, a quien no esperaba conocer tan pronto cuando oí al doctor hablar de él aquella mañana.
Cuando terminamos de comer subimos al salón, y todo sucedió exactamente como el día anterior. Agnes puso los vasos y botellas en el mismo rincón y míster Wickfield se sentó a beber y bebió bastante. Agnes tocó el piano para él y trabajó y charló y jugó varias partidas al dominó conmigo. A su hora hizo el té; y después, cuando yo cogí mis libros para repasarlos, ella también los miró para decirme lo que sabía de ellos (que era mucho más de lo que yo creía) y me indicó la mejor manera de estudiar y de entenderlos. La veo con sus modales modestos, tranquilos y ordenados, y oigo su hermosa voz serena, mientras escuchaba sus palabras; la influencia beneficiosa que llegó a ejercer en todo sobre mí más adelante empezaba ya a dejarse sentir. Amo a Emily, y no puedo decir que amo a Agnes; es completamente distinto: pero siento que donde Agnes está, con ella están la paz, la bondad y la verdad, y que la plácida luz de vidriera de iglesia que he visto hace tiempo la ilumina siempre, y a mí también cuando estoy a su lado, y a todo lo que la rodea.
Llegó la hora de acostarse. Acababa de dejarnos, y yo daba la mano a míster Wickfield para despedimos, cuando me detuvo diciendo:
-¿Qué te gusta más, Trotwood, estar con nosotros o it a otro lado?
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