David Copperfield (Charles Dickens) - pág.171
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Pero como no oyó nada, volvió hacia mí.
-Mamá murió en el momento de nacer yo -me dijo con su habitual expresión dulce y tranquila- Sólo conozco de ella su retrato, que está abajo. Ayer lo vi mirarlo. ¿,Sabías quién era?
-Sí -le dije-; ¡se te parece tanto!
-También esa es la opinión de papá -dijo satisfecha-; pero... ahora sí que es papá.
Su tranquilo rostro se iluminó de alegría al salirle al encuentro, y entraron juntos dándose la mano. Me recibió con cordialidad y me dijo que estaría muy bien con el doctor Strong, que era el mejor de los hombres.
-Quizá haya gentes, no lo sé, que abusen de su bondad -dijo míster Wickfield-; no los imites nunca, Trotwood; es el ser menos desconfiado que existe, y, sea cualidad o defecto, es una cosa que siempre hay que tener en cuenta en el trato que se tenga con él.
Me pareció que hablaba como hombre contrariado o descontento de algo; pero no tuve tiempo de darme mucha cuenta. Anunciaron la comida y bajamos a sentarnos a la mesa en los mismos sitios que la víspera. Apenas acabábamos de empezar cuando Uriah Heep asomó su cabeza roja y su mano descarnada por la puerta.
-Mister Maldon querría hablar unas palabras con el señor.
-¡Cómo! ¡Si no hace un instante que nos hemos separado! -dijo.
-Es verdad, señor; pero acaba de volver para decirle dos palabras.
Al mismo tiempo que tenía la puerta entreabierta, Uriah me había mirado y había mirado a Agnes, a los platos, a las fuentes y a todo lo que la habitación contenía, aunque no pareció mirar más que a su amo, sobre el cual se fijaban respetuosamente sus ojos rojos.
-Dispénseme; es únicamente para decirle que reflexionando... -observó una voz detrás de Uriah, al mismo tiempo que su cabeza era empujada y sustituida por la del nuevo interlocutor-. Le ruego que me perdone la indiscreción; pero, puesto que no puedo elegir, cuanto antes me marche, mejor. Mi prima Annie me había dicho, cuando habíamos hablado de este asunto, que prefería tener a sus amigos lo más cerca posible mejor que verlos desterrados; y el viejo doctor...
-¿El doctor Strong, quiere usted decir? -interrumpió gravemente míster Wickfield.
-El doctor Strong, naturalmente -repuso el otro-. Yo le llamo el viejo doctor; pero es lo mismo, ¿sabe usted?
-No lo sé -dijo míster Wickfield.
-Pues bien; el doctor Strong -dijo el otro-, el doctor Strong parecía de la misma opinión, creo yo; ahora, según lo que usted me propone, parece ser que ha cambiado de idea. En ese caso, no tengo nada que decir, excepto que cuanto antes, mejor. De manera que, sólo he vuelto para decirle que cuanto antes, mejor. Cuando hay que tirarse al agua de cabeza, de nada sirve titubear.
-Si lo quiere usted así, mister Maldon, puede usted contar con ello -dijo míster Wickfield.
-Gracias -dijo el otro muy agradecido-; a caballo regalado no se le mira el diente. Si no fuera por eso me atrevería a decir que habría sido mejor que mi prima Annie hubiese arreglado las cosas a su modo; Annie no habría tenido más que decírselo al viejo doctor.
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