David Copperfield (Charles Dickens) - pág.169
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-Sí -contestó el doctor.
-¿Sí? -dijo el otro con sorpresa.
-Completamente indiferente.
-¿No tiene usted ningún motivo para preferir en el extranjero mejor que en Inglaterra?
-No -respondió el doctor.
-Me veo obligado a creerle, y no hay duda de que le creo-dijo míster Wickfield-. La misión que usted me ha encargado es mucho más sencilla en ese caso de lo que había creído. Confieso que tenía sobre ello ideas muy distintas.
El doctor Strong le miró con una sorpresa que terminó en una sonrisa, y aquella sonrisa me animó mucho, pues respiraba bondad y dulzura que, unida a la sencillez que se encontraba también en todos sus modales rompió el hielo formado por la edad y los largos estudios. Aquella sencillez era lo mejor para atraer a un joven discípulo como yo. El doctor andaba delante de nosotros con paso rápido y desigual, contestando «sí», « no» , « perfectamente» y otras respuestas breves sobre el mismo asunto. Mientras nosotros le seguíamos observé que míster Wickfield hablaba solo moviendo la cabeza con expresión grave, creyendo que yo no le veía.
La clase era una gran sala, en la quietud de un rincón de la casa, desde donde se veía por un lado media docena de las grandes urnas y por el otro un jardín retirado que pertenecía al doctor Strong y en un lado del cual podían verse los melocotones puestos a madurar al sol. También había grandes áloes en cajones encima del musgo, por fuera de las ventanas, y las hojas tiesas de aquella planta, que parecían hechas de zinc pintado, han quedado asociadas durante mucho tiempo en mi memoria como símbolo de silencio y retiro. Veinticinco alumnos, poco más o menos, estaban estudiando en el momento de nuestra llegada. Todo el mundo se levantó para dar los buenos días al doctor Strong, y después se quedaron en pie al vernos a míster Wickfield y a mí.
-Un nuevo alumno, caballeros -dijo el doctor-: Trotwood Copperfield.
Un joven llamado Adams, que era el primero de la clase, salió de su sitio para darme la bienvenida. Su corbata blanca le daba aspecto de joven ministro anglicano, lo que no le impedía ser amable y de carácter alegre. Me señaló mi sitio y me presentó a los diferentes maestros con tan buena voluntad que, de haber sido posible, me hubiese quitado toda la timidez.
Pero me parecía que hacía tanto tiempo que no me encontraba entre chicos de mi edad, excepto Mick Walker y Fécula de patata, que me sentía aislado como nunca. Tenía tal conciencia de haber vivido escenas de las que ellos no tenían ni idea, y adquirido una experiencia fuera de mi edad, aspecto y condición, que creo que casi me reprochaba como una impostura el presentarme ante ellos como un colegial cualquiera. Había perdido durante el tiempo, más o menos largo, de mi estancia en Murdstone y Grimby la costumbre de los juegos y diversiones de los chicos de mi edad, y sabía que me encontraría torpe y novato.
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