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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.167

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Sólo había dos cubiertos; sin embargo, Agnes, que había esperado en el salón a su padre, se sentó frente a él en la mesa; yo me extrañaba que él hubiera comido sin ella.
Después de comer volvimos a subir al salón, y en el rincón más cómodo Agnes preparó para su padre un vaso y una botella de vino de Oporto. Yo creo que no habría encontrado en su bebida favorita su perfume acostumbrado si se la hubieran servido otras manos.
Allí pasó dos horas bebiendo vino en bastante cantidad, mientras Agnes tocaba el piano, trabajaba o charlaba con él y conmigo. Él estaba la mayor parte del tiempo alegre y charlatán como nosotros; pero a veces la miraba y caía en un silencio soñador. Me parecía que ella se daba cuenta enseguida, y trataba de arrancarle de sus meditaciones con una pregunta o una caricia; entonces salía de su ensueño y bebía más vino.
Agnes hizo los honores del té; después pasó el tiempo hasta la hora de acostarnos. Su padre la estrechó en sus brazos y la besó, y al marcharse pidió que llevasen las velas a su despacho. Yo también subí a acostarme.
Por la tarde había salido un rato para echar una mirada a las antiguas casas y a la hermosa catedral, preguntándome cómo habría podido atravesar aquella antigua ciudad en mi viaje y pasar, sin saberlo, al lado de la casa donde debía vivir tan pronto. Al volver vi a Uriah Heep que cerraba el bufete. Me sentía benevolente hacia todo el género humano y le dirigí algunas palabras, y al despedirme le tendí la mano. Pero ¡qué mano húmeda y fría tocó la mía! Me pareció sentir la mano de la muerte, y me froté después. la mía con fuerza para calentarla y borrar la huella de la suya.
Fue tan desagradable que cuando entré en mi habitación todavía sentía su frío y humedad en mi memoria. Asomándome a la ventana vi uno de los rostros tallados en las cabezas de las vigas que me miraba de reojo, y me pareció que era Uriah Heep que había subido allí de algún modo, y la cerré con prisa.

CAPÍTULO XVI
CAMBIO EN MÁS DE UN SENTIDO
Al día siguiente, después del desayuno, entré de nuevo en la vida de colegio. Míster Wickfield me acompañó al escenario de mis futuros estudios. Era un edificio de piedra, en el centro de un patio donde se respiraba un aire científico muy en armonía con los cuervos y las cornejas que bajaban de las torres de la catedral para pasearse, con paso majestuoso, por la hierba. Me presentaron a mi nuevo maestro, el doctor Strong.
El doctor Strong me pareció casi tan oxidado como la verja de hierro que rodeaba la fachada y casi tan pesado como las grandes umas de piedra colocadas en la verja a intervalos iguales en lo alto de sus pilares, como un juego de bolos gigantescos preparado para que el Tiempo lo tirase.


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