David Copperfield (Charles Dickens) - pág.166
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-He aquí la pequeña dueña de mi casa -dijo míster Wickfield-, mi hija Agnes. Cuando oí el tono con que pronunciaba aquellas palabras y el modo como agarraba su mano, comprendí que aquel era el motivo de su vida.
Llevaba un minúsculo cestito con las llaves y tenía todo el aspecto de una ama de casa bastante seria y bastante entendida para gobernar la vieja morada. Escuchó con interés lo que su padre le decía de mí, y cuando terminó propuso a mi tía que fuera con ella a ver mi habitación. Fuimos todos juntos; ella nos guió a una habitación verdaderamente magnífica, con sus vigas de nogal, como las demás, y sus cuadraditos de cristales, y la hermosa balaustrada de la escalera llegaba hasta allí.
No puedo recordar dónde ni cuándo había visto en mi infancia vidrieras pintadas en una iglesia, ni recuerdo los asuntos que representarían. Sé únicamente que cuando vi a la niña llegar a lo alto de la vieja escalera y volverse para esperamos, bajo aquella luz velada, pensé en las vidrieras que había visto hacía tiempo, y su brillo dulce y puro se asoció desde entonces a mi espíritu con el recuerdo de Agnes Wickfield.
Mi tía estaba tan contenta como yo de las decisiones que acababa de tomar, y bajamos juntos al salón, muy dichosos y muy agradecidos. Mi tía no quiso oír hablar de quedarse a comer, por temor de no llegar antes de la noche a su casa con el famoso caballo gris, y creo que míster Wickfield la conocía demasiado bien para tratar de disuadirla. De todos modos, le hicieron tomar algo. Agnes volvió a su cuarto con su aya, y míster Wickfield a su despacho, y nos dejaron solos para que pudiéramos despedimos tranquilos.
Me dijo que míster Wickfield se encargaría de arreglar todo lo que me concerniese y que no me faltaría nada, y después añadió los mejores consejos y las palabras más afectuosas.
-Trot -dijo mi tía al terminar su discurso-, a ver si te haces honor a ti mismo, a mí y a míster Dick, y ¡qué Dios te acompañe!
Yo estaba muy conmovido, y todo lo que pude hacer fue darle las gracias, encargándole toda clase de cariños para míster Dick.
-No hagas nunca una bajeza; no mientas nunca; no seas cruel; evita estos tres vicios, Trot, y siempre tendré esperanzas en ti.
Prometí lo mejor que pude que no abusaría de su bondad y que no olvidaría sus recomendaciones.
-El caballo está a la puerta -dijo mi tía-; me voy; quédate aquí.
A estas palabras me abrazó precipitadamente y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Al principio me sorprendió esta brusca partida y temí haberla disgustado; pero cuando la vi por la ventana subir al coche con tristeza y alejarse sin levantar los ojos comprendí mejor lo que sentía, y no le hice ya aquella injusticia.
A las cinco se cenaba en casa de míster Wickfield. Había recobrado ánimos y sentía apetito.
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