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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.165

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No habían obtenido el resultado que esperaban, pues si las ventajas del colegio eran incontestables, mi tía no aprobaba ninguna de las casas propuestas para que yo viviera.
-Es una lata -dijo mi tía- No sé qué hacer, Trot.
-En efecto; es molesto -dijo míster Wickfield-; pero yo sé lo que podía usted hacer.
-¿Qué? -dijo mi tía.
-Deje usted aquí a su sobrino por el momento. Es un niño tranquilo, que no me molestará nada. La casa es buena para estudiar, tranquila como un convento, y casi tan grande. ¡Déjelo aquí!
La proposición le gustaba a mi tía; pero dudaba en aceptar por delicadeza, y yo lo mismo.
-Vamos, miss Trotwood -dijo míster Wickfield-; no hay otro modo de salvar la dificultad. Y es solamente un arreglo temporal. Si no resulta bien, si nos molesta, tanto a unos como a otros, siempre estamos a tiempo de separarnos, y entre tanto podremos encontrar algo que convenga más. Por el momento, lo mejor es dejarlo aquí.
-Se lo agradezco mucho, y veo que él también lo agradece; pero...
-Vamos; ya sé lo que quiere decir -exclamó míster Wickfield-, y no quiero forzarla a que acepte favores de mí; pagará usted la pensión si quiere; no pelearemos por el precio, pero la pagará si usted quiere.
-Esta condición -dijo mi tía-, sin disminuir en nada mi reconocimiento, me deja más tranquila y estaré encantada de dejarlo aquí.
-Entonces vamos a ver a la pequeña dueña de mi casa -dijo míster Wickfield.
Subimos por una vieja escalera, con una balaustrada tan ancha que se hubiera podido andar por ella, y entramos en un viejo salón algo oscuro, iluminado por tres o cuatro de las extrañas ventanas que había observado desde la calle. En los huecos había asientos de madera, que parecían provenir de los mismos árboles de los que se habían hecho el suelo, encerado, y las grandes vigas del techo. La habitación estaba muy bien amueblada, con un piano y un deslumbrante mueble verde y rojo; había flores en los floreros y parecía estar todo lleno de rincones, y en cada uno había algo: o una bonita mesa, o un costurero, o una estantería, o una silla, o cualquier otra cosa; tanto que yo pensaba a cada instante que no había en la habitación rincón más bonito que en el que yo estaba, y un momento después descubría otro retiro más agradable todavía. El salón tenía el sello de quietud y de exquisita limpieza que caracterizaba la casa exteriormente.
Míster Wickfield llamó a una puerta de cristales que había en un rincón, y una niña de mi edad apareció al momento y le besó. En su carita reconocí inmediatamente la tranquila y dulce expresión de la señora que había visto retratada en el piso de abajo. Me parecía que era el retrato quien había crecido, haciéndose mujer, mientras que el original continuaba siendo niña. Tenía el aspecto alegre y dichoso, lo que no impedía que su rostro y sus modales respirasen una tranquilidad, una serenidad de alma, que no he olvidado ni olvidaré jamás.


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