David Copperfield (Charles Dickens) - pág.164
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-Antes de aventurarme a aconsejarla, permítame. Ya sabe usted mi vieja pregunta para todas las cosas: ¿Cuál es su verdadero objeto?
-¡El diablo lleve a este hombre! Siempre quiere buscar motivos ocultos cuando están a la vista. Lo único que quiero es hacer a este niño feliz y que aprenda.
-Yo creo que debe haber algún otro motivo -dijo mister Wickfield moviendo la cabeza y sonriendo con incredulidad.
-¿Otro motivo? -replicó mi tía-. Usted tiene la pretensión de obrar con transparencia en todo. Supongo que no creerá usted que es la única persona que sigue directamente su camino en el mundo
-Yo no tengo más que un objeto en la vida, miss Trotwood, y muchas personas lo tienen por docenas y hasta por cientos. Yo sólo tengo uno; esa es la diferencia. Pero nos hemos alejado de la cuestión. Usted me pregunta por el mejor colegio. Sea cual fuere su motivo, ¿usted quiere el mejor?
Mi tía asintió.
-El mejor que tenemos -dijo míster Wickfield reflexionando-; su sobrino no puede ser admitido en él por ahora más que como externo.
-Pero entre tanto podrá vivir en cualquier otra parte, supongo -dijo mi tía.
Míster Wickfield dijo que sí, y después de un momento de discusión le propuso visitar la escuela para que pudiera juzgar ella misma. A la vuelta vería también las casas donde le parecía que podría dejarme.
Mi tía aceptó la proposición, a íbamos a salir los tres cuando mister Wickfield se detuvo para decirme:
-Pero quizá fuese mejor que nuestro amiguito no viniese.
Mi tía parecía dispuesta a no aceptar la proposición; pero, para facilitar las cosas, yo dije que estaba dispuesto a esperarlos allí si les convenía, y volví al despacho, donde mientras los esperaba tomé posesión de la silla que había ocupado ya a mi llegada.
Y sucedió que aquella silla estaba colocada frente a un pasillo estrecho que daba a la habitacioncita redonda en cuya ventana había visto el pálido rostro de Uriah Heep. Después de haber llevado el caballo a una cuadra cercana, Uriah Heep se había puesto a escribir en un pupitre y copiaba un papel fijado en un cuadro de hierro y suspendido encima del pupitre. Aunque estaba vuelto hacia mí, al principio creí que el papel que copiaba y que se encontraba entre los dos le impedía verme; pero mirando con más detenimiento vi pronto que sus ojos penetrantes aparecían de vez en cuando bajo el manuscrito como dos soles rojos, y que me miraba furtivamente lo menos durante un minuto, aunque seguía oyéndose su pluma correr a la misma velocidad de siempre. Traté varias veces de escapar a sus miradas. Me subí a una silla para mirar un mapa en el otro extremo de la habitación; me hundí en la lectura de un periódico, pero sus ojos me atraían, y siempre que lanzaba una mirada sobre aquellos dos soles abrasados estaba seguro de verlos levantarse o bajarse en el mismo instante.
Por fin, después de esperar mucho tiempo, volvieron mi tía y mister Wickfield.
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