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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.163

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Por las ventanas vi a Uriah Heep que soplaba en los ollares al caballo y después le cubría precipitadamente con su mano, como si le hubiera hecho un maleficio. Frente a la vieja chimenea había colocados dos retratos: uno, el de un hombre de cabellos grises, pero joven; las cejas eran negras y miraba unos papeles atados con una cinta roja. El otro era el de una señora; la expresión de su rostro era dulce y seria, y me miraba.
Creo que buscaba con los ojos un retrato de Uriah, cuando al fondo de la habitación se abrió una puerta y entró un caballero que me hizo volverme a mirar el retrato para cerciorarme de que no se había salido del marco; pero no: seguía quieto en su sitio, y cuando el caballero estuvo más cerca de la luz vi que tenía más edad que cuando le habían retratado.
-Miss Betsey Trotwood, haga usted el favor de pasar. Usted me dispensará; pero cuando han llegado estaba ocupado. Ya conoce usted mi vida y sabe que sólo tengo un interés en el mundo.
-Miss Betsey le dio las gracias y entramos en un despacho que estaba amueblado como el de un hombre de negocios; lleno de papeles, de libros, de cajas de estaño. Daba al jardín y estaba provisto de una caja de caudales fija en la pared, justo encima de la chimenea; Canto es así, que me preguntaba cómo harían los deshollinadores para poder pasar por detrás cuando necesitaran limpiarla.
-Y bien, miss Trotwood -dijo mister Wickfield, pues descubrí pronto que era el dueño de la casa, que era abogado y que administraba las tierras de un rico propietario de los alrededores- ¿Qué le trae a usted por aquí? En todo caso espero que no sea por nada malo.
-No -replicó mi tía-; no vengo por asuntos legales.
-Tiene usted razón -dijo mister Wickfield-, más vale que nos veamos por otra cosa.
Ahora sus cabellos eran completamente blancos, aunque seguía teniendo las cejas negras. Su rostro era muy agradable y hasta debía de haber sido muy guapo. Tenía un color excesivo, que yo desde hacía mucho tiempo había aprendido, gracias a Peggotty, a atribuir al vino, y a lo mismo atribuía el sonido de su voz y su corpulencia. Estaba muy bien vestido, con traje azul, chaleco a rayas y pantalón de nanquín[L6]. Su camisa y su corbata de batista eran tan blancas y tan final, que me recordaban, en mi errante imaginación, al cuello de un cisne.
-Es mi sobrino -dijo mi tía.
-No sabia que tuviera usted un sobrino -dijo mister Wickfield.
-Es decir, mi sobrino nieto.
-Tampoco sabía que lo tuviera usted; se lo aseguro -añadió míster Wickfield.
-Lo he adoptado -dijo mi tía con un gesto que indicaba que le importaba muy poco lo que sabía o dejaba de saber-, y lo he traído para meterlo en un colegio donde esté bien cuidado y le enseñen bien. Quería que me dijera usted dónde podría encontrar ese colegio, y que me diera todos los datos necesarios.


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