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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.161

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Los progresos que hacía en la amistad a intimidad de míster Dick no perjudicaban en nada a los que hacía con su amiga miss Betsey, que se encariñó tanto conmigo, que en el transcurso de unas semanas acortó mi nombre de adopción, transformándolo de Trotwood en Trot; y aún animó mis esperanzas de que si seguía como había empezado podría igualarme en el rango de sus afectos con mi hermana Betsey Trotwood.
-Trot -dijo mi tía una noche, cuando el juego de damas estuvo colocado, como siempre, para ella y míster Dick-, no debemos olvidar tu educación.
Este era mi único motivo de ansiedad, y me sentí completamente dichoso al oírle hablar de ello.
-¿Te gustaría ir a la escuela en Canterbury? -,dijo mi tía.
Le respondí que muchísimo, tanto más porque estaba cerca de ella.
-Bueno -dijo mi tía-; ¿te gustaría ir mañana?
Sin extrañarme ya de la general rapidez de las ideas de mi tía, no me sorprendió su brusquedad y dije:
-Sí.
-Bueno -dijo mi tía de nuevo-. Janet, pedirás el caballo gris y el coche pequeño para mañana a las diez de la mañana, y prepararás esta noche las cosas del señorito.
Estaba lleno de alegría al oír dar aquellas órdenes; pero me reproché mi egoísmo cuando vi el efecto que habían causado en míster Dick. Le entristecía tanto la perspectiva de nuestra separación y jugaba tan mal aquella noche, que mi tía, después de advertirle varias veces dando en su caja con los nudillos, cerró el juego declarando que no quería seguir jugando con él; pero al saber que yo vendría algunos sábados y que él podría ir a verme algunos miércoles, recobró un poco de valor y juró fabricar para aquellas ocasiones una cometa gigantesca, mucho más grande que aquella con que nos divertíamos ahora. Al día siguiente había vuelto a caer en su abatimiento y trataba de consolarse dándome todo lo que tenía de oro y plata; pero habiendo intervenido mi tía, sus liberalidades se redujeron a cinco chelines; a fuerza de ruegos consiguió subirlos hasta diez. Nos separamos de la manera más cariñosa a la puerta del jardín, y míster Dick no se metió en casa hasta que nos perdió de vista.
Mi tía, perfectamente indiferente a la opinión pública, conducía con maestría el caballo gris a través de Dover. Se sostenía derecha como un cochero de ceremonia, y seguía con los ojos los menores movimientos del caballo, decidida a no dejarlo hacer su voluntad bajo ningún pretexto. Cuando estuvimos en el campo le dejó un poco más de libertad, y lanzando una mirada hacia un montón de almohadones, en los que yo iba hundido a su lado, me preguntó si era feliz.
-Mucho, tía, gracias a usted -dije.
Me agradeció tanto la contestación que, como tenía las dos manos ocupadas, me acarició la cabeza con el látigo.
-¿Y es una escuela muy concurrida, tía? -pregunté.
-No lo sé -dijo mi tía-. Lo primero vamos a casa de míster Wickfield.
-¿Es que tiene pensión? -dije.


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