David Copperfield (Charles Dickens) - pág.159
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Miss Betsey, persistiendo en una sordera inquebrantable, reanudó su discurso:
-Estaba a la vista, desde muchos años antes de que usted la conociera (y está por encima de la razón humana) el comprender por qué ha entrado en los planes misteriosos de la Providencia el que usted la conociera; era natural que aquella pobre criatura volviera a casarse un día; pero yo esperaba que no le saliera tan mal. Era en la época en que trajo al mundo a este niño, a este pobre niño, de quien usted se ha servido para martirizarla, lo que es ahora un recuerdo tan desagradable, que le hace aborrecer su presencia. Sí, sí; no necesita usted extremecerse -continuó mi tía-. Estoy convencida sin necesidad de eso.
Míster Murdstone permanecía todo el tiempo de pie al lado de la puerta, mirándola fijamente con la sonrisa en los labios, pero con las cejas fruncidas. Observé entonces que, aunque continuaba sonriendo, había palidecido de pronto y parecía respirar con dificultad.
-Que usted lo pase bien, caballero -dijo mi tía- Adiós. Buenos días, señorita -continuó volviéndose bruscamente hacia la hermana-. Si vuelvo a verla alguna vez pasar en burro por mi praderita, le aseguro, como que tiene usted cabeza encima de los hombros, que le arranco el sombrero y lo pateo.
Sería necesario un pintor, y un pintor de talento excepcional, para dar idea del rostro de mi tía al hacer aquella declaración inesperada, y del de miss Murdstone al oírla. Pero el gesto no era menos elocuente que las palabras, en vista de lo cual miss Murdstone cogió discretamente el brazo de su hermano y salió majestuosa de la casa. Mi tía, desde la ventana, los miraba alejarse, dispuesta sin ninguna duda a poner al instante su amenaza en ejecución en el caso de que el burro reapareciera.
No habiendo intentado ellos responder al desafío, el rostro de mi tía se dulcificó poco a poco, tanto que me atreví a darle las gracias y a abrazarla, lo que hice con todo mi corazón echando mis brazos alrededor de su cuello. Después di un apretón de manos a míster Dick, que quiso repetir la ceremonia muchas veces seguidas, y que saludó el feliz término del asunto con repetidas carcajadas.
-Usted se considerará a medias conmigo como tutor de este niño, míster Dick -dijo mi tía.
-Estaré encantado de ser el tutor del hijo de David.
-Muy bien -dijo mi tía-; es cosa convenida. Pensaba en algo, míster Dick: ¿Podría llamarle Trotwood?
-Ciertamente, ciertamente; llámele Trotwood -dijo míster Dick-. Trotwood, hijo de David.
-¿Quiere usted decir Trotwood Copperfield? -preguntó mi tía.
-Sí, sin duda; Trotwood Copperfield -dijo, un poco avergonzado.
Mi tía estaba tan contenta con su idea, que ella misma marcó con tinta indeleble las camisas que me compraron aquel mismo día, antes de que me pusiera ninguna; y se decidió que el resto de mi ropa, que también encargó aquel mismo día, llevaría la misma marca.
Y así empezó mi nueva vida, con nombre nuevo y todo nuevo.
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