David Copperfield (Charles Dickens) - pág.158
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Después, habiendo estrechado vivamente la mano de míster Dick, me atrajo hacia sí, diciendo a míster Murdstone:
-Puede usted marcharse cuando quiera; me quedo con el niño. Si fuera como ustedes dicen, siempre estaría a tiempo de hacer lo que ustedes han hecho; pero no creo ni una palabra de ello.
-Miss Trotwood -respondió míster Murdstone-, si fuera usted un hombre...
-¡Bah!, tonterías -dijo mi tía-; cállese usted.
-¡Qué exquisita educación! -exclamó miss Murdstone levantándose-. ¡Verdaderamente es demasiado!
-¿Cree usted que no sé -dijo mi tía, haciéndose la sorda a lo que decía la hermana y dirigiéndose al hermano con expresión de desdén-, cree usted que no sé la vida que ha hecho llevar a aquella pobre niña, tan mal inspirada? ¿Cree usted que no sé qué día nefasto fue para la dulce criatura aquel en que le conoció, sonriendo y poniéndole los ojos tiernos? ¡Estoy segura! ¡Como si fuera usted capaz de decir una palabra cariñosa a un niño!
-Nunca he oído lenguaje más elegante -dijo miss Murdstone.
-¿Cree usted que no comprendo su juego lo mismo que si lo viera -continuó mi tía-, ahora que le veo y que le oigo, y que, a decir verdad, es todo menos un placer para mí? ¡Ah! Ciertamente no había nadie más dulce ni más sumiso que usted en aquella época. La pobre inocente no había visto nunca un cordero semejante. ¡Era tan bueno! Adoraba a la madre; tenía verdadera debilidad por el hijo; una verdadera ceguera. Sería para él un segundo padre, y todo consistiría en vivir juntos en un paraíso de rosas, ¿no es así? ¡Vamos, vamos, déjeme en paz! -dijo mi tía.
-En mi vida he visto una mujer semejante -exclamó miss Murdstone.
-Y cuando ya tuvo cogida a aquella pobre insensata -continuó mi tía-, y Dios me perdone por llamar así a una criatura que ya está donde usted no tiene prisa por reunirse con ella; como si todavía no les hubiera hecho usted bastante daño a ella y a los suyos, se puso usted a educarla, ¿no es así? Empezó el trabajo de educarla y la enjauló como a un pobre pajarillo para hacerle olvidar su vida pasada y enseñarle a cantar las notas de usted.
-Es locura o embriaguez -dijo miss Murdstone, desesperada de no poder atraer hacia sí el torrente de invectivas de mi tía-, y sospecho que más bien es embriaguez.
Miss Betsey, sin prestar atención a la interrupción, continuó dirigiéndose a míster Murdstone y sacudiendo un dedo:
-Sí, míster Murdstone. Usted se hizo el tirano de aquella inocente niña y le rompió el corazón. Tenía un alma tierna, lo sé, lo sabía muchos años antes de que usted la conociera, y usted supo escoger su parte débil para darle los golpes por los que ha muerto. Esa es la verdad, le guste o no, haga usted lo que haga y le hayan servido los que le hayan servido de instrumentos.
-Permítame preguntarle, miss Trotwood -dijo miss Murdstone-, a quién llama usted, con una elección de expresiones a que no estoy acostumbrada, los instrumentos de mi hermano.
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