David Copperfield (Charles Dickens) - pág.157
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-Mi pobre mujer amaba a su segundo marido, señora, y tenía plena confianza en él -dijo mister Murdstone.
-Su mujer, caballero, era una pobre niña muy desgraciada, que no conocía el mundo -respondió mi tía sacudiendo la cabeza-. Eso es lo que era. Y ahora veamos: ¿qué nos tiene usted que decir?
-Únicamente esto, miss Trotwood -repuso él-. Estoy dispuesto a llevarme a David sin condiciones, para hacer de él lo que me convenga. No he venido para hacer promesas ni para comprometerme a nada. Usted quizá, miss Trotwood, tiene alguna intención en animarle en su huida y en escuchar sus quejas. Sus modales (debo decirlo) no me parecen muy conciliadores, y me lo hacen suponer. Le prevengo, por lo tanto, que si se interpone usted en esta ocasión entre él y yo, es asunto terminado. Si interviene usted, miss Trotwood, su intervención tiene que ser definitiva. No hablo en broma, y no hay que jugar conmigo. Estoy dispuesto a llevármele por primera y última vez. ¿Está él dispuesto a seguirme? Si no lo está, si usted me dice que no lo está, bajo cualquier pretexto que sea, poco me importa; en ese caso mi puerta se le cierra para siempre y consideraré como convenido que la suya le queda abierta.
Mi tía había escuchado este discurso con la máxima atención, más tiesa que nunca, con las manos cruzadas encima de las rodillas y los ojos fijos en su interlocutor. Cuando hubo terminado, miró a miss Murdstone sin cambiar de actitud, y dijo:
-¿Y usted, señorita, tiene algo que añadir?
-Verdaderamente, miss Trotwood, todo lo que pudiera decir ha sido tan bien expresado por mi hermano, y todos los hechos que pudiera recordar han sido expuestos por él tan claramente, que no tengo más que dar las gracias por su amabilidad, o mejor dicho por su excesiva amabilidad -añadió miss Murdstone con una ironía que no turbó a mi tía más de lo que hubiera desconcertado al cañón al lado del cual me había yo dormido en Chathan.
-Y el niño ¿qué dice? -repuso mi tía-. David, ¿estás dispuesto a partir?
Contesté que no, y le rogué que no consintiera en que me llevasen. Dije que míster y miss Murdstone no me habían querido nunca; que nunca habían sido buenos para mí; que sabía que habían hecho muy desgraciada a mi madre, que me amaba tanto, y que Peggotty también lo sabía. Dije que había sufrido mucho, más de lo que se podía suponer al considerar lo pequeño que era. Y rogaba y suplicaba a mi tía (no recuerdo las frases, pero sé que estaba muy conmovido) que me protegiera y defendiera por amor a mi padre.
-Míster Dick -dijo mi tía-, ¿qué le parece a usted que haga con este niño?
Míster Dick reflexionó, dudó, y después, con expresión radiante, dijo:
-Haga que le tomen medida cuanto antes para un traje completo.
-Míster Dick -dijo mi tía con expresión de triunfo-, deme usted la mano. Su buen sentido es de un valor inapreciable.
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