David Copperfield (Charles Dickens) - pág.156
Indice General
|
Volver
Página 156 de 653
En una palabra, es intratable. Mi hermana y yo hemos tratado de corregirle sus vicios, pero sin resultado, y los dos hemos sentido, pues tengo plena confianza en mi hermana, que era justo que recibiera usted de nuestros labios esta declaración sincera, hecha sin rabia y sin cólera.
-Mi hermano no necesita mi testimonio para confirmar el suyo, y sólo pido permiso para añadir que entre todos los niños del mundo no creo que haya otro peor.
-Es fuerte -dijo mi tía secamente.
-No es demasiado fuerte si se tienen en cuenta los hechos -insistió miss Murdstone.
-¡Ah! -dijo mi tía- ¿Y bien, caballero?
-Yo tengo mi opinión particular sobre la manera de educarle -repuso míster Murdstone, cuya frente se oscurecía cada vez más a medida que mi tía le miraba con mayor fijeza-. Y mis ideas están formadas en parte por lo que sé de su carácter y en parte por el conocimiento de mis recursos. No tengo que responder a nadie más que a mí mismo; he obrado, por lo tanto, de acuerdo con mis ideas, y no tengo nada que añadir. Me bastará decir que había colocado al niño, bajo la vigilancia de uno de mis amigos, en un comercio honroso. ¿Que esa situación no le conviene? ¿Que huye? ¿Que va como un vagabundo por las carreteras y viene aquí en andrajos a dirigirse a usted, miss Trotwood? Yo deseo poner ante su vista las consecuencias inevitables del apoyo que usted pudiera darle en estas circunstancias.
-Empecemos por tratar la cuestión de la colocación honrosa. Si hubiera sido su propio hijo, ¿le habría colocado usted de la misma manera?
-Si hubiera sido el hijo de mi hermano -dijo miss Murdstone, interviniendo en la discusión-, su carácter habría sido completamente diferente.
-Si aquella pobre niña, su difunta madre, hubiera vivido, ¿le habrían cargado también con esas honrosas ocupaciones? -insistió mi tía.
-Creo -dijo míster Murdstone con un movimiento de cabeza- que Clara no habría puesto nunca resistencia a lo que mi hermana y yo hubiéramos decidido.
Miss Murdstone confirmó con un gruñido lo que su hermano acababa de decir.
-¡Hum! -dijo mi tía-. ¡Desgraciado niño!
Míster Dick hacía sonar su dinero en el bolsillo desde hacía mucho rato, se entregaba a aquella ocupación con tal ahínco, que mi tía creyó necesario imponerle silencio con una mirada antes de decir:
-¿Y la pensión de aquella pobre niña, se extinguió con ella?
-Se extinguió con ella -replicó míster Murdstone.
-¿Y su pequeña propiedad, la casita y el jardín, ese yo no sé qué de Rookery sin cuervos, no ha sido legado a su hijo?
-Su primer marido se lo dejó sin condiciones -empezó a decir míster Murdstone, cuando mi tía le interrumpió con impaciencia y cólera visibles:
-¡Dios mío, ya lo sé! ¡Le fue dejado sin condiciones! Conocía muy bien a David Copperfield y sé que no era hombre que previera la menor dificultad aunque la hubiera tenido ante los ojos. No hay duda que se lo dejó sin condiciones; pero al volver ella a casarse, cuando tuvo la desgracia de casarse con usted; en una palabra -dijo mi tía, y para hablar francamente-, nadie ha dicho entonces una palabra en favor de este niño.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|