David Copperfield (Charles Dickens) - pág.154
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Trabajaba delante de la ventana, y yo, sentado a su lado, reflexionaba en los resultados posibles a imposibles de la visita de míster Murdstone. La tarde avanzaba y la comida había sido retrasada indefinidamente; pero mi tía, impaciente ya, acababa de decir que la sirvieran, cuando lanzó un grito de alarma a la vista de un burro. ¡Cuál no sería mi consternación al ver a miss Murdstone, montada en él, atravesar con paso decidido el césped sagrado, detenerse enfrente de la casa y mirar a su alrededor!
-¡Váyase usted; no tiene nada que hacer aquí! -gritaba mi tía sacudiendo su cabeza y su puño por la ventana-. ¿Cómo se atreve usted? ¡Que se marche! ¡Oh, qué descaro!
Mi tía estaba tan exasperada por la frescura con que miss Murdstone miraba a su alrededor, que creí que perdía el movimiento y se quedaba incapaz de salir al ataque como de costumbre. Aproveché la oportunidad para informarle de quiénes eran aquella señora y aquel caballero que se acercaban a ella, pues el camino era una pendiente y el señor que se había quedado detrás era míster Murdstone en persona.
-¡Me tiene sin cuidado quiénes sean! -exclamó mi tía sacudiendo todavía la cabeza y gesticulando desde la ventana todo lo contrario de una bienvenida- ¡Que no hubieran contravenido mis órdenes! ¡No lo consentiré! ¡Que se marchen! Janet, ¡échalos, échalos!
Yo, oculto detrás de mi tía, vi una especie de combate. El burro, con sus cuatro patas plantadas en el suelo, resistía a todo el mundo. Janet le tiraba de la brida para hacerle dar la vuelta. Míster Murdstone trataba de hacerle avanzar; miss Murdstone pegaba a Janet con su sombrilla, y muchos chiquillos acudían al ruido, gritando con todas sus fuerzas.
De pronto mi tía, reconociendo entre ellos al pequeño malhechor encargado de conducir los asnos, que era uno de sus enemigos más encarnizados, aunque apenas tenía trece años, se precipitó en el teatro del combate, le cogió y le arrastró al jardín, con la chaqueta por encima de la cabeza y los talones arañando el suelo. Después llamó a Janet para que fuera a llamar a la policía con el objeto de que le cogieran y juzgaran allí mismo, y lo retuvo ante su vista. Pero esta escena dio fin a la comedia, pues el golfillo, que sabía muchas tretas de las que mi tía no tenía ni idea, encontró pronto medio de escapar, dejando las huellas de sus zapatones en los arriates y montándose en el burro triunfantemente.
Miss Murdstone había desmontado cuando terminó el combate y esperaba con su hermano, al pie de los escalones, a que mi tía pudiera recibirlos. Un poco agitada todavía por la lucha, mi tía pasó por su lado con gran dignidad y no se preocupó de su presencia hasta que Janet los anunció.
-¿Debo marcharme, tía? -pregunté temblando.
-No, señor; ciertamente que no.
Y me empujó hacia un rincón a su lado. Después hizo una especie de valla con sillas, como si fuera una prisión o una barra de justicia, y continué ocupando esta posición durante toda la entrevista, y desde allí vi entrar a míster y a miss Murdstone en la habitación.
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