David Copperfield (Charles Dickens) - pág.153
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El caso es que después descubrí que míster Dick trataba desde hacía diez años de impedir al rey Carlos I que apareciese en su Memoria, sin conseguirlo.
-Repito -dijo mi tía- que nadie conoce el espíritu de ese hombre como yo; es el más cariñoso y fácil de llevar. ¿Que le gusta lanzar una cometa de vez en cuando? ¿Eso qué significa? Franklin también soltaba cometas y era cuáquero o algo parecido, si no me equivoco, y un cuáquero soltando cometas es mucho más ridículo que otro hombre cualquiera.
Si hubiera podido suponer que mi tía me contaba aquellos detalles para mi educación personal o por darme una prueba de confianza, me habría sentido muy halagado y habría sacado pronósticos favorables de semejante favor. Pero no podía hacerme ilusiones; era evidente para mí que si se metía en aquellas explicaciones era porque la cuestión se presentaba, a pesar suyo, en su espíritu, y era a sí misma a quien se dirigía y no a mí, aunque pareciera que me dedicaba su discurso, en ausencia de mejor interlocutor.
Al mismo tiempo debo decir que la generosidad con que defendía a míster Dick no solamente me inspiraba muchas esperanzas egoístas, sino que también despertaba en mi corazón cierto afecto hacia ella. Creo que empezaba a darme cuenta de que, a pesar de todas sus excentricidades y extrañas fantasías, era una persona que merecía respeto y confianza. Aunque estaba lo mismo de animada que la víspera contra los burros, y fuese violenta su indignación cuando se precipitaba al jardín para defender el césped si veía que un joven al pasar le ponía los ojos tiernos a Janet, sentada en su ventana (lo que era una de las ofensas más grandes que se podía hacer a la dignidad de mi tía), me era imposible, sin embargo, no sentir cada vez más respeto hacia ella y menos temor.
Esperaba con extraordinaria ansiedad la respuesta de míster Murdstone; pero hacía grandes esfuerzos para disimularlo y por serles simpático a mi tía y a míster Dick. Tenía que salir con este último a lanzar la gran cometa; pero como no tenía más trajes que el indumento un poco extravagante con que me había adornado mi tía en el primer momento, me veía obligado a permanecer en casa, excepto una hora después de oscurecer, que mi tía me hacía dar un paseo para mi salud por delante del jardín antes de meterme en la cama. Por último llegó la respuesta de míster Murdstone. Mi tía me informó, con gran terror por mi parte, que iba a venir a hablarle en persona al día siguiente. Al otro día todavía estaba con mi curioso indumento y contaba las horas tembloroso y muy preocupado en lucha con mis esperanzas, que sentí debilitarse, y mis temores, que podían conmigo, esperando a cada momento sentirme estremecer a la vista de su sombrío rostro y muy impaciente porque no llegaba.
Mi tía estaba un poco más agresiva y severa que de costumbre; en ninguna otra cosa se le notaba que se preparase a recibir al que tanto temor me inspiraba a mí.
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